Levantarse al alba, madrugar, es iniciar el día junto al día que se inicia. He ahí el primer beneficio para aquel que se despierta y comienza a moverse muy temprano. Es un modo de exprimir en favor de uno mismo las horas de la jornada que quedan por delante, el tiempo del que disponemos, y que a veces se nos hace escaso y nos arrastra sin misericordia por las callejuelas de la existencia.
No obstante, esta sana costumbre de no retrasar el propio amanecer no es común que sea apreciada por algunos jóvenes (no todos). Sin afán de generalizar, en mi trabajo con estudiantes universitarios veo que, en buen número, llegan muy cansados a las clases de la mañana. Frente a la pregunta, ¿por qué tanta fatiga, si el día apenas da sus primeros pasos?, suelen responder que se acostaron muy tarde (no siempre debido al estudio). Es decir, prolongan los momentos de esparcimiento nocturno en desmedro del vigor y ánimo diurno. Evidentemente, así es más difícil afrontar adecuadamente las exigencias del estudio.
Una de las causas de lo descrito se debe a que ya casi nadie vive sin el poderoso adictivo de una pantalla en la habitación. Y mientras en el dormitorio exista un rectángulo parlante, no es extraño hallar en las aulas durmientes ambulantes.
RODERICUS
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