El día transcurría bien, con normalidad, sin molestias ni desagrados. De repente, alguien crea un problema artificial, ve un conflicto donde no existe, y la jornada se ve afectada, perturbada en la tranquila alegría que había hasta ese momento. Lamentablemente es así y, por ende, nadie se libra alguna vez de recibir esta especie de chaparrón de agua en una tarde de pleno sol.
No es inesperado, obviamente, deambular todo el tiempo en esa contraposición entre situaciones en las que nos gozamos y otras que, aunque sea circunstancialmente, más bien entorpecen, manchan o interrumpen las alegrías de ciertos momentos. Las mortificaciones, grandes o pequeñas, atraviesan la existencia del hombre. Son insoslayables, inevitables, impostergables, aunque quisiéramos que disgustos y contratiempos no fuesen parte de nuestra vida.
¿Cómo afrontar una desazón imprevista? Quizás la única estrategia posible sea dejar pasar el tiempo y, mientras tanto, seguir haciendo las propias tareas. Actuar así, sin duda, alivia situaciones ingratas, abrevia el tiempo de dolor y ayuda a vivir mejor, algo que no se da cuando rumiamos demasiado sobre lo acontecido y sobre la reacción de rechazo que nos genera. Al fin y al cabo, cuando se puede, conviene simplificar las adversidades, pues responde a la disposición interior de querer atenuar todo tipo de sufrimiento.
RODERICUS
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