Se ha producido un diluvio de adjetivos positivos para referirse a Steve Jobs, el innovador de la tecnología comunicacional con que la humanidad ha entrado al siglo XXI. Por cierto, son destacables los aportes que su talento hizo para que el creciente inventario de equipos y aparatos cibernéticos se pusiera al alcance del mayor número posible de navegantes. Su compromiso con el diseño de esos elementos ha permitido que incluso aquellos que ni siquiera soñamos con asomarnos a este mundo -que dejó de ser ancho, aunque para la mayoría siga siendo ajeno- podamos emplearlos con relativa facilidad.
Sin embargo, Jobs tiene además un perfil personal que se ha puesto en evidencia en las incontables crónicas sobre su vida. Desde su crianza en una familia de modesta clase media que lo adoptó y que se comprometió con su madre biológica a darle formación universitaria, que él abandonó para dedicarse a lo que le atraía. Jobs fue, como tantos, un joven californiano de los 60 del siglo pasado, contestatario, descontento con la realidad que vivía, pero toda su capacidad -hoy dirían su "indignación"- la volcó, sin dejar de ser lo que era, a construir el mundo del futuro, no a destruir el presente ni abominar del pasado.
Frente a lo que sucede en tantos países -también, ni qué decirlo, en Chile-, el estilo de Jobs es un ejemplo que reconforta y mantiene las esperanzas.
CORUSCO
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