Rodericus
He sido espectador de muchas películas, cinéfilo entusiasta en un período en el que disponía de más tiempo para ocuparlo en menesteres como caminatas más tranquilas y visitas más asiduas a las salas de cine, a veces semivacías, en otras ocasiones bastante repletas de público. Hoy confieso ir mucho menos, no por desinterés, sino por carecer del tiempo libre de antes y porque nuevas responsabilidades familiares ya no me permiten concurrir con la misma frecuencia a ver un filme.
Recuerdo, eso sí, que para mí la sala de cine era uno de los escasos lugares en los que uno disfrutaba ya sea estando solo o bien acompañado. Concentrado en la historia que se desplegaba ante mis ojos, no importaba tanto si a mi lado había alguien o si la butaca se hallaba vacía; no, al menos, mientras se proyectaba la película. Si la obra no era suficientemente atractiva, podía, amparado por la penumbra, dormitar en silencio o levantarme con sigilo y abandonar mi sitio con discreción. En ese sentido, yo percibía la sala del cine como un espacio de libertad casi infinita, y también como un recinto que nos podía deparar sugestivas sorpresas, por ejemplo, como aquella oportunidad en que divisé, sentada delante de mí, a una maravillosa poetisa galardonada con el Nobel de Literatura.
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | ||
| 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 |
| 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 |
| 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | 26 |
| 27 | 28 | 29 | 30 | 31 |