Quizás el compañero de curso sea una de las figuras más singulares en el amplio abanico de las relaciones humanas. Él forma parte de nuestra rutina casi diaria, a veces durante mucho tiempo, y su presencia puede ser tan habitual como la de las calles y lugares que transitamos todos los días.
Aunque no necesariamente sea un amigo, el compañero de curso no sólo comparte una experiencia común -el aprendizaje en una disciplina-, sino también el hecho de que la convivencia en clases se sostiene precisamente en esta mutua presencia suya y nuestra. No habría enseñanza de casi ninguna materia si no hubiese el interés en un determinado conocimiento por parte de varios, o al menos de unos pocos. En este sentido, en su posición de compañero de un mismo estudio, el otro es realmente imprescindible. En una clase, por ejemplo, su ausencia vuelve coja la enseñanza, le quita pie al decir del profesor. Y si bien sabemos que no hay ramos sin alumnos, esto solemos olvidarlo hasta que el otro falta sin previo aviso y cuando menos debía hacerlo.
El compañero de curso hace patente nuestra dependencia de los demás. Si falta, nos vemos privados del interlocutor más próximo en nuestra ilustración y cuya proximidad nutre aún más el interés en el campo que se enseña.
RODERICUS
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