Un día domingo de sol radiante, a la salida de misa con mi hija adolescente, me sorprenden los sones de un organillo. A la distancia se ve la figura del organillero, girando la rueda del instrumento que inunda los aires primaverales con una melodía antigua y romántica. "Hace un año/ que yo tuve una ilusión,/ hace un año/ que se cumple en este día", tarareo.
El sol hace relumbrar los alegres colores de los remolinos y matracas que coronan el instrumento. Al acercarme, percibo que el organillero está provisto de todos los elementos de su oficio, pues un loro se pasea inquieto por el instrumento, por lo que ofrezco a mi hija avizorar su futuro sentimental. El organillero le da una palmadita en la cabeza al loro, quien extrae con su pico un papel de una caja, que dice así: "Señorita: el objeto de tu cariño sufre con resignación los obstáculos que se interponen para conseguir tu amor. Él te ama de veras, pretende ser esclavo sumiso, pero tu familia se opone tenazmente y es preciso que tú también seas digna, venciendo las pretenciones (sic) de los suyos y entregando tu amante corazón al que es mártir por ti, que él será fiel y eterno esposo. No cuides que tu consorte traiga mucha plata al matrimonio, sino un caudal de virtud y prudencia y seréis felices".
"Papá, el mensaje es un poco antiguo" -dice mi hija-, mientras el organillero reanuda su tarea vertiendo añosas melodías, y mi espíritu se llena de melancolía por los romances de antaño.
R. RIGOTER
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