Hay algo simbólico en cada término e inicio. El preámbulo y el epílogo existencial están rodeados de significaciones, de un sabor especial que entremezcla revisiones y proyectos, y de una óptica que, tanto en su ver atrás como hacia adelante, concilia en el paladar de la propia vida lo dulce y lo amargo de una historia todavía no concluida del todo.
Muchas veces olvidamos que los capítulos autobiográficos no dependen, en rigor, de modificaciones del calendario. No se es muy diferente a sí mismo entre el 31 de diciembre y el 1 de enero. Seguiremos siendo iguales a nuestro ayer mientras el enfoque se dirija a lo exterior, a suponer, por ejemplo, que los parabienes o el paso de una fecha a otra transforman a una persona. No es así, dado que las conversiones o enmiendas se apoyan sobre un auténtico deseo de ser más fieles al bien, y porque la voluntad se pone firme en su intento de corregir aquello en que es más errática o vulnerable.
Somos testigos de que el colofón y el principio de todo año son elocuentes en deseos, propósitos, augurios y expresiones de las más diversas índoles; manifestaciones de los variados entusiasmos humanos. No están mal, sin duda, si a la par no ignoramos que el brindis y el abrazo no bastan para desterrar el peso del "hombre viejo".
RODERICUS
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