Entre el hombre y el tiempo suele darse una lucha agitada. Y, en esa batalla, pareciera que el tiempo es el que impone, finalmente, sus términos (o su término, en cuanto cese de todas las vivencias). Nuestra pena mayor se en- laza más que nada con ese deseo incumplido de que haya algo que no acabe. ¿No es la nostalgia, acaso, un modo de sufrir a posteriori por aquello que, dejando su rastro, enmudeció para siempre sus pasos?
Si reflexionamos bien, cualquier vida, como un transcurrir de los años, lleva consigo, aunque sea como latencia, la sacrosanta fugacidad de lo irrepetible, de lo que, si no se hizo a tiempo y en su tiempo, es ya imposible hacer a destiempo. Nuestra existencia, debido precisamente a su condición temporal, se entreteje con el mismo hilo que en ocasiones la hace tropezar: la irreversible imposibilidad de volver atrás, de comenzar otra vez, de configurar una historia distinta.
Para cualquiera, queda, sin embargo, una esperanza: enderezarse a partir de lo torcido, fortalecerse desde su propia (equi)vocación. Desde esta perspectiva, y mientras la muerte no represente su papel, nunca se está en la recta final, pues las nuevas decisiones y circuns- tancias todavía pueden dar pie a un feliz y redentor hallazgo.
RODERICUS
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |