Antaño los dentistas eran conocidos como flebótomos. Su oficio se confundía con el de sangradores y era ejercido usualmente por los barberos.
Traigo a colación el tema, pues días atrás empecé a sentir una sensación como de corriente eléctrica en un molar inferior, la que muy luego dio lugar a una punzada, para culminar en la noche con el tan temido dolor de muelas, lo que me llevó, raudo, a la mañana siguiente, a implorar socorro profesional.
La consulta de la dentista, una mujer cálida de aproximadamente mi misma edad, me sorprendió gratamente, ya que unos parlantes traían una hermosa música del recuerdo, a un volumen no trepidante, pero sí suficiente para sumergirse en sus ondas y olvidarse de todo lo demás. Así, mientras sufría mecánicamente los dolores propios del tratamiento, mi espíritu gozaba oyendo una seguidilla de canciones francesas, que empezaron con Gilbert Becaud y su inolvidable Natalie, para seguir con Aznavour y Venecia sin ti, y Buen Aniversario, para seguir con la voz cascada de Louis Armstrong en Summertime, melodías que eran tarareadas por la dentista, mientras ejercía concienzudamente sus labores. En fin, sentí una sensación muy placentera que imagino —guardando las proporciones— similar a la de los santos que mortificaban su cuerpo mientras su alma se elevaba a alturas místicas. Tal es así que —cosa rarísima— espero con impaciencia la próxima sesión de esta “flebotomía musical”.
R. RIGOTER
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