Acostumbro pasar el dieciocho en la casa de mis suegros en la playa. Es un rito que se inicia en la terraza, contemplando el mar y los volantines que revolotean juguetones en el horizonte, mientras un pícaro vino con duraznos alegra los espíritus. De pronto aparecen unas empanadas para aplacar el hambre atizada por los aromas de la parrilla, que muy luego entrega sus primeros frutos: unos tentadores chorizos acunados por pan amasado.
En eso, mi suegra y mi mujer desenfundan las guitarras y comienzan a desgranar tonadas, cuyas notas se confunden con el rumor de la bandera que ondea furiosa con la brisa marina.
"Ah mis naranjas, el naranjero, que tráigame un trago luego... Curarme quieero..", entonan las mujeres, y mi suegro y yo las acompañamos con nuestras voces roncas, envalentonados por el vino con duraznos que ya está produciendo sus efectos. Entonces le pido a mi suegra mi tonada preferida, la que me trae recuerdos de mi infancia, cuando mi hermana la cantaba en guitarra y mi padre la coreaba con su voz desafinada: "No ha de criar musgo la piedra que rueda,/ ni amores el hombre que siempre ha de andar/ por los piñoneros de la selva mía./ Eres el copihue que saluda al día,/ rosa blanco y rojo,/ cual penas de amor"... La voz que nos alerta que está listo el asado y que podemos pasar a almorzar, espanta la sombra de la melancolía que ha traído la tonada, y emprendemos rumbo hacia la mesa que nos espera generosa en alimentos criollos y afectos.
R. RIGOTER
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