La distancia es como el viento al fuego: apaga los recuerdos de hechos insignificantes y aviva aquellos sobresalientes. Las evidencias de esa realidad son mayores cuando se ha debido sustituir el escenario en que transcurre la vida. Las partidas, que abren el espacio de las distancias, deben cotejarse con los regresos virtuales que la memoria y la evocación logran superponer a la implacabilidad de nuevas realidades. Se rememoran las emociones, pues el saldo retenido se escribió con tiza y fue borrado por la primera lluvia.
Tal vez por eso se sostiene que los seres humanos, junto con partir, de inmediato iniciamos el retorno. Pareciera que, sentimentalmente, se produce un conflicto entre el pasado sumado al presente, frente al futuro inmediato al cual, por generar incógnitas, temores y sobresaltos, se le niega admisión.
Neruda lo dijo: "Yo soy hombre de tantos regresos, que forman un racimo traicionado; de nuevo adiós por un temible viaje en que voy sin llegar a parte alguna. Mi única travesía es un regreso".
Y Benedetti -voz lamentablemente apagada hace poco- testimonió: "Vuelvo. Quiero creer que estoy volviendo con mi peor y mi mejor historia. Conozco este camino de memoria, pero igual me sorprendo".
El argentino Alejandro Dolina, en cambio, refuta los regresos, diciendo que "no hay sueño más grande en la vida que el Sueño del Regreso. El mejor camino es el de vuelta, que es también el camino imposible".
CORUSCO
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