La historia se hace de acontecimientos cotidianos, algunos de los cuales no quedan registrados, a pesar de que ilustran profundas actitudes y sentimientos. Así ocurrió en la Cámara de Diputados el 11 de septiembre de 1973, día martes y en que, como tal, correspondía celebrar sesión ordinaria a las 4 de la tarde.
Los hechos que se desarrollaban a esa hora no hacían previsible que tal sesión se realizara. Sin embargo, cuatro diputados se presentaron a cumplir con su obligación: Eduardo Sepúlveda Whittle, José Monares, César Fuentes y Gustavo Ramírez. Acompañados en la sala por el secretario, Raúl Guerrero; el edecán, coronel Vallejos, y otros funcionarios, esperaron la hora reglamentaria, llamaron a sesión haciendo sonar los timbres y, constatada la falta de número, el más antiguo de los parlamentarios presentes declaró fracasada la sesión remarcándolo con el tañido de la campanilla del presidente. Luego se dejó formal constancia de lo ocurrido en el libro de actas y para constancia firmaron los presentes.
Hay algo de tragedia griega en este acto que habla del sentido republicano del ejercicio del deber parlamentario en esas circunstancias. El Congreso, ahora bicentenario, sacaba entonces fuerzas de flaqueza en medio de la agonía del sistema para dar cumplimiento a la liturgia reglamentaria que dejaba constancia de su fracaso. Pero no era ella sola la que fracasaba. El fracaso era de Chile y de todos los chilenos.
CORUSCO
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Posteado por: mario rene diaz perez 06/07/2011 10:37 [ N° 1 ] |
La historia se hace de acontecimientos cotidianos. Algunos trascendentales. |
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