Los objetos estéticos son, por definición, inútiles. Así un cuadro, una escultura o un relato de ficción. Ni qué decir de una melodía. No sirven para comer, abrigarse o defenderse de las alimañas. Tampoco para hacer otros artefactos o utensilios, como los que son útiles o sirven para labrar la tierra o construir viviendas. Estas acciones y resultados son, a su vez, ejemplos claros de una definición primigenia y pragmática de lo útil.
Pero si trasladamos la noción de utilidad, o la ensanchamos hacia otras dimensiones igualmente vitales para y de la existencia humana, como la intelectual, la cultural más compleja y, sobre todo, la espiritual, los objetos estéticos —como las artes que los producen: música, pintura, danza, teatro, literatura, y todas las combinaciones posibles entre ellas—, resulta que son de la mayor utilidad. Incluso, en ciertos casos, de utilidad máxima.
Por eso se dice que la religión, la filosofía y el arte valen por sí mismos; que son fines en sí mismos para la persona, sin referencia a otro que le sirva o pueda servirle de intermediario. Pues sus objetos son, respectivamente, Dios, la verdad y la belleza. O, si se quiere, sencillamente Dios, en quien radican también —pues se le identifican— la verdad y la belleza.
En tiempos de tragedias y confusiones, de faltas de sentido y orientación, para ser útiles quizá no sea inútil utilizar la utilidad inútil de la literatura.
B. B. COOPER
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Posteado por: Daniel Beza Islas 19/09/2011 10:28 [ N° 1 ] |
Ta buena don B.B... otro sí, unas lecturas comentadas de Spinoza vendrían de perilla. |
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