Con velas apagadas y con velas desplegadas escribo esta crónica sobre la equivocidad de la palabra vela -a mi juicio, una de las más sugerentes del idioma español, pues siendo tan breve dice tanto.
Vela que alumbra, vela que se iza, vela de una noche insomne. Velamos a los difuntos y re-velamos nuestros pensamientos, o la verdad se nos de-vela o colocamos un velo para que algo no sea visto y siga siendo un misterio ante los ojos imposibilitados de mirarlo. Habría que hacer una oda a este vocablo que, en el mapa infinito del lenguaje, aparece cubierto con el hermoso traje de la polisemia.
Vivimos, por tanto, al amparo de muchas velas. Ellas circundan nuestra existencia, aunque confieso que de todos sus significados, vela como cerilla y vela como vigilancia son los que más me cautivan, quizás porque la luz -en cuanto símbolo de la verdad- y el resguardo -en cuanto manifiesta atención y cuidado de sí o de otro- son caminos a explorar, si bien no siempre percibimos la necesidad de recorrerlos.
Hay que estar despierto para percibir la luz que lleva lo real, tal como no hay que descuidar la custodia de aquello más valioso de nosotros y de los demás.
RODERICUS
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Posteado por: Irmela Eckermann Ludwig 03/11/2011 12:41 [ N° 1 ] |
Gratísima lectura, preciosa reflexíon. |
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