Hay vocaciones que no se pueden realizar con dedicación parcial, sino que demandan tiempo completo. Más aún, hasta "justifican" suprimir aquello que perturba su concreción. Una de estas "aptitudes" que requiere de tal disposición es la de las letras. Ella exige un esfuerzo ininterrumpido de una voluntad abocada a la escritura. Para quien siente esta voz de la literatura, intentar convertirse en escritor es una de aquellas tareas que obligan a una renuncia absoluta a todo lo que sea una distracción respecto de aquel propósito de vida. No se es escritor a ratos, como tampoco existe el intelectual o el artista cuyas horas de trabajo en su oficio no sean semejantes en recogimiento e intensidad a la sagrada oración de un monje en su monasterio. En el silencio del convento, el religioso tiene sin pausa a Dios ante sí, tal como en su escritorio el más auténtico literato piensa y vive sin interrupciones las historias que sus palabras son capaces de crear.
Lo anterior no fuerza al narrador a estar sin nadie a su lado. Más bien, se trata de saber que este "llamamiento interior" nunca se deja atrás, ni siquiera cuando compartimos un almuerzo o dialogamos con un amigo en torno a un café, quizás por el simple hecho de que un tiempo a medias nunca es suficiente para una vocación de tal envergadura.
Rodericus
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