"Foxley se paró furioso de su asiento y se fue del salón. Schilling lo miró, no dijo nada, pero se nota que le pareció pésimo. Yo pensé que los del otro lado, los Larraín y Larraín, se iban a frotar las manos de gusto. Pero no. También tenían mala cara. La única que no se veía preocupada y que, por el contrario, parecía disfrutar la escena era ella, po', la regalona de Marco Enríquez-Ominami".
Escuché este relato el viernes en el Metro. Me pareció una anécdota política sabrosísima, aunque me extrañó habérmela perdido, ya que yo leo todos los diarios todos los días. Me sorprendió también la sofisticación del análisis, viniendo de dos colegialas que no tendrían más de 13 o 14 años.
Tanta fue mi curiosidad que no pude evitar hacerles un comentario, a pesar de sentirme un poco como Francisco Reyes en Dónde está Elisa.
"Hola, perdón que me meta, no pude evitar oír lo que hablaban, pero veo que hubo otra pelea en la Concertación, para variar. Típico, un decé, como Alejandro Foxley, contra un socialista como Marcelo Schilling. Y claro, todo por culpa de Marco, mientras Carlos Larraín de RN y Hernán Larraín, de la UDI, toman palco...".
No alcancé a terminar de hablar cuando ya habíamos llegado a la estación. Se abrieron las puertas y las niñas se bajaron corriendo como si hubiesen visto al demonio. Cuando estaban lejos una se dio vuelta y me gritó: "¿¡Nunca hay visto Pelotón, loco?!".
Esa noche prendí la televisión y entendí que en el reality de TVN hay un Foxley, un Schilling, dos Larraín y una animadora que se llama Karen Doggenweiler. Y que todo se parece mucho a la política nacional.
Me dormí perturbado, con la sensación (no sé si por el doble rol de Karen o qué) de que la TV y la realidad se mezclan a veces de manera poco sana.
Y cuando me duermo inquieto tengo sueños extraños.
Prendí el televisor justo cuando partía la serie del momento: "¿Dónde está Frei?", se llamaba. Y era sobre un candidato que, de pronto, dejó de aparecer en público. Rehuía los debates y hasta los encuentros sociales con sus competidores. Era el anticandidato. Hacía puerta a puerta, pero puertas adentro. De su casa. Era fome el programa, pero igual lo veían los más nostálgicos.
Cambié el canal. Apareció una película de terror. Todo era tétrico. La escena ocurría en una especie de bodega. Un sujeto bajo, de barbita, con un terno fino caminaba junto a unos estantes con medicinas, entre las cuales asomaban enormes ratas negras que jugaban con las jeringas y las grageas que se asomaban de las cajas. Al fondo se divisaba un letrero: Cenabast, decía.
Aterrado, volví a cambiar de canal. Apareció una música sensual y una mujer rubia caminando por las calles. Regalaba dinero, fajos de billetes, a los transeúntes. Cada uno por 40 mil pesos. Recién comenzaba el filme, y en las letras de la presentación me pareció que el productor era Farkas. Luego apareció otro sujeto, canoso, sonriente, como galán de telenovela venezolana de los 80. También regalaba plata, también 40 lucas. Todo me pareció casi impúdico. Me vi, de pronto, frente a una película subida de tono junto a mis hijos y mi suegra. Atroz. Sentí vergüenza ajena.
Menos mal que en ese instante desperté. Pero hasta ahora no me queda claro qué exactamente es realidad y qué es sueño.
A veces la mezcla entre televisión y realidad puede ser tóxica.
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Posteado por: Jose Luis Belmar Olmos 30/08/2009 10:55 [ N° 1 ] |
Genial. Slds |
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Posteado por: pedro flores perez 30/08/2009 12:30 [ N° 2 ] |
política=televisión=farándula=cero aporte.Desgraciadamente.La columna genial en todo caso. |
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