Escribo esta columna casi al borde de iniciar mis vacaciones. Y parto, lo confieso, preocupado.
Me voy con la curiosa sensación de que la política chilena se está pareciendo cada vez más a un crucero italiano: está llena de personas completamente distintas entre sí que no necesariamente quisieran navegar juntas; está en medio de una emergencia grave, pero la tripulación sólo reconoce que hay un problema eléctrico; todos parecen estar preocupados de cualquier cosa, como la música, la comida y las bebidas, en vez de estar tratando de sacar el agua o de correr a los botes salvavidas; y se dirigen lenta, pero irremediablemente a encallar.
En medio de la crisis, de pronto, inesperadamente, aparece desde la niebla un bote salvavidas. A bordo viajan dos capitanes. Ambos dicen que no saben cómo llegaron ahí. Que quizás cayeron ahí por error. Ante las autoridades de puerto declararon, eso sí, que llegaron a la convicción de que lo peor que podían hacer frente a semejante amenaza era no hacer nada. Y que aunque fueran incomprendidos por algunos (o la mayoría), al menos no se quedaron sentados esperando estrellarse con una roca, un iceberg o caer por un abismo.
Este crucero político navega o pretende navegar por aguas europeas. A una parte de los tripulantes y de los pasajeros se les ocurrió que lo mejor era tener un sistema con un Primer Ministro, con un Presidente encargado sólo de las relaciones exteriores y la guerra, y con un Parlamento que tiene gran parte del poder. El siguiente paso conducía a instalar una monarquía. A algunos se les ocurrió de inmediato que no había nada más parecido a una reina que Michelle Bachelet, pero como no tiene rey, no podía constituir una familia real como corresponde y, por lo tanto, no lograría el objetivo de atraer mucho turismo. La tarea se veía ardua, porque sin contar con Gabriel Valdés, no aparecía nadie con la envergadura suficiente como para asumir ese rol. Algunos propusieron a Sebastián Piñera, pero luego surgieron las quejas de quienes no querían que el "Negro" se convirtiera en conde o en duque, porque ahí sí que sentiría como propios todos los palacios de la comarca.
Así las cosas, lo más probable es que la idea no prospere.
Y que todo esto no pase de ser una pesadilla, como alguien dijo por ahí.
O quizás todo esto no haya sido más que un sueño, un sueño de una noche de verano... una extraña noche de verano de la que despertaremos, ojalá, en marzo.
En cuanto a mi persona, intentaré convencerme de que esto fue un sueño, sólo un sueño. De otro modo, no podré descansar durante mis merecidas vacaciones.
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Posteado por: María Ines Amenábar Christensen 28/01/2012 13:02 [ N° 1 ] |
Perdón...pero me falta la necesaria"meditación" previa del mismo fantástico compositor. Anterior a la pieza "sueño de una noche de verano." No es raro que se haya convertido en pesadilla o en un mal sueño muy alejado de la armonía y paz que la idílica melodía señalada provoca en el que la oye. Más en verano. Atte |
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