Por Juan Pablo Meneses
Estoy en Colombia, invitado a la Feria del Libro de Bogotá. La idea es participar del encuentro de "Los nuevos cronistas de Indias", lo que se puede resumir rápido: juntar a una docena de latinoamericanos que cuentan historias reales por el mundo.
Todos estamos hospedados en el hotel Tequendama. Uno de esos viejos 5 estrellas que, por la edad y el uso, vive en constantes reparaciones. Un sitio emblema de la ciudad, donde en apenas una mañana –como esta mañana– se puede ver pasar por el lobby a Miguel Bosé, Alejandro Zambra y Juan Villoro. El mexicano Villoro está en el encuentro de cronistas, y en el desayuno me cuenta que viene de España, que pasó por México un par de días, que de aquí se va a la Feria del Libro de Buenos Aires, luego a Santiago, y sigue a Montevideo. "Este año me ha tocado viajar mucho, pero tú me vas a entender: no me gusta estar en mi país", y lo dice sin dejar de sonreír.
Los grandes hoteles, como las ferias de los libros, son microclimas en las ciudades. Afuera del Tequendama está la capital colombiana, con sus 2.600 metros de altura. En una de las actividades de la Feria, le pido a una cronista bogotana cinco razones por las cuales debo escribir de su ciudad. Parte hablándome de lo que no debo mencionar: ni el Transmilenio (sistema de transportes donde se inspiró nuestro Transantiago), ni la biblioteca Virgilio Barco, ni el Parque Simón Bolívar, "porque esas obras viales o culturales que tanto alaban son mediocres y en el mejor de los casos están subutilizadas".
Luego, con la misma fuerza, me dice por qué le gusta Bogotá. Porque llueve mucho. Porque es plana, a excepción de los cerros. "Porque es alta y los extranjeros y los costeños se ahogan cuando vienen". Por su naturaleza. Y saca la nostalgia: "Aquí se tomaba el té a las cinco de la tarde en las casas de la sociedad. Y cuando construyeron vías y nos invadieron los costeños, los caleños, los paisas, y empezamos a dejar a un lado el ajiaco dominical y la misa en la iglesia de Lourdes por los frijoles y las fiestas de champeta, ahí no entendimos qué fue lo que nos pasó".
Los bogotanos son orgullosos de eso "que perdieron" tal vez sin nunca haberlo tenido. Muchos viven esa suerte de aferro a la nostalgia. Tal vez por eso es que se empeñan en hospedar a todos sus invitados en un hotel de 1953, que tiene toda la planta baja en reparaciones y una elegancia maltrecha que insisten –casi majaderamente– en recuperar. A las 9 de la noche en esta zona del centro de Bogotá nadie camina. Las fiestas son lejos de aquí, pero tarde o temprano uno siempre termina volviendo. Como a Bogotá.
BITÁCORA
Entre abril y mayo es cuando más llueve en Bogotá. De junio a agosto es más frío.
El Museo del Oro está en remodelación hasta el 1 de agosto. Mientras, parte de su patrimonio está expuesto en el Museo de Arte del Banco de la República.
|
Posteado por: Diana Milena Patiño Niño 19/05/2008 11:51 [ N° 1 ] |
Sí, la hermosa ciudad 2.600 metros más cerca de las estrellas despierta nostalgias y no solamente por algunas tradiciones olvidadas (digo algunas porque todavía se conservan y transmiten otras tantas como la del paseo dominical a Monserrate, o el desayuno de tamal con chocolate entre otras tantas) sino porque su vigor y hermosura se extrañan estando fuera. |
|
Posteado por: Diana Milena Patiño Niño 19/05/2008 11:57 [ N° 2 ] |
Gracias por hablar sobre Bogotá desde su perspectiva, gracias por traerla a Santiago porque así la puedo recordar-vivir como una ciudad que, si bien sigue reescribiéndose constantemente, mantiene ese sabor que lo hace a uno sentir y saber que se está en Bogotá. |
|
Posteado por: Carlos Fernando Rojas Hoppe 09/08/2008 20:39 [ N° 3 ] |
Sí... tarde o temprano uno siempre termina volviendo a Bogotá! www.colombiaenmicorazon.blogspot.com/ |
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |