Juan Pablo Meneses
Domingo 25 de Mayo de 2008
Destino: México

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Juan Pablo Meneses

Aunque nunca había ido a México, durante años viví con el DF en mi cabeza, al punto que solía comparar al resto del mundo con él. Hasta que, finalmente y hace pocos meses, me llegó el turno. Durante 50 días hice mi primer recorrido por México. Una extraña travesía desde el país imaginado al real.

En vivo y en directo, el DF fue tan gigantesco como imaginaba, pero aún más difícil de abarcar. Sin embargo, y contra todo pronóstico, me sentí seguro. El arribo fue de noche, viendo por la ventanilla del avión las luces de la ciudad con más ampolletas de todo el mundo. La primera mañana llegó con el esmog desplegado en cinerama y, bajo él, una ciudad que me generaba una sensación más familiar de lo esperado.

Oaxaca, la ciudad colonial que destacan todas las revistas de viajes, fue una grata sorpresa. Ahí conocí las tlayudas, unas tortillas gigantes servidas con chocolate negro, y entré a una iglesia cuyo gigantesco altar estaba construido con oro.

Acapulco tenía esa sobreoferta de hamburguesas y fiestones propia de los balnearios que han perdido el rumbo. Sin embargo, los clavadistas me devolvieron la fe: la roca desde la que se lanzan de verdad es muy alta. Ellos arriesgan sus vidas en cada espectáculo.

Las corridas de toros mexicanas, las más populares de Latinoamérica, las presencié en Guadalajara. Ahí vi muletear a Joselito Adame, la nueva estrella del toreo mexicano, que esa tarde salió en andas, vitoreado por la plaza, con su traje manchado de sangre y sus manos llenas de orejas.

Nunca vi tantos puestos de venta ambulante como en Taxco. La ciudad, colgada de cerros, queda a un par de horas del DF y los sábados se transforma en el mayor mercado de artesanía en plata del planeta.

Puerto Escondido fue una buena parada. Famoso por sus olas de surf, este balneario del Pacífico atrae a europeos y estadounidenses en plan hippie. Unos kilómetros al sur está San Agustinillo: un pequeño caserío con hamacas bajo palmeras y desconexión total en zona de mar tibio.

El machismo mexicano, famoso en el mundo entero, se puede sacudir en algún recital de la cantante mexicana más divertida: Paquita la del Barrio, a la que el propio Almodóvar quiso filmar. Su público son mujeres enrabiadas con los hombres. Paquita se mueve a sus anchas frente a un público que corea con entusiasmo sus hits dedicados a los machos mexicanos. Como Rata de dos patas (porque un bicho rastrero / aun siendo el más maldito / comparado contigo / se queda muy chiquito).

Si uno llega a DF para el Día de los Muertos, verá lo importante que es esa fiesta para el pueblo mexicano. Porque no sólo hay altares en honor a la Muerte por toda la Avenida Reforma, sino también en todas las casas, incluyendo los departamentos más cool de Condesa. La celebración de los muertos la viví en Mixquic, a unas tres horas del Distrito Federal y famoso por su fiesta de amanecida, con su gente que brinda sobre los ataúdes del cementerio o baila disfrazada de calavera.

Mi última noche de viernes en el DF me fui directo al Arena México, un gimnasio enjaulado donde se realiza la lucha libre más famosa del continente. Después de un mes y medio de viaje, me faltaba recorrer la mayor parte del país. Quedarían pendientes la vegetación exuberante de Chiapas, las playas del Atlántico famosas por Cancún y Cozumel, la zona de Monterrey, con tipos de sombreros vaqueros y cultura ganadera, las exclusivas playas de Los Cabos en la península del Pacífico, la aridez del desierto de Sonora, la muralla fronteriza de Tijuana, el tren a Tequila que sale de Guadalajara y una lista interminable de destinos de un país que, como dijo Octavio Paz, es infinito.

A la salida del Arena me compré una máscara del legendario Blue Demon –desde entonces mi luchador favorito– y me la amarré en la cabeza. Así, disfrazado de azul y plata, me subí a un taxi verde y pedí que me llevara a Condesa. Avancé por Reforma a medianoche, sabiendo que pronto saldría de este país real para volver, como tantos otros latinoamericanos, a seguir saboreando el México imaginado.

3 Comentarios publicados
Posteado por:
Irene Adler Teds
25/05/2008 16:28
[ N° 1 ]

Con 50 días parece que se digiere un poco mejor la experiencia del viaje, porque las dos primeras semanas en un lugar que se conoce por primera vez son prácticamente "sin filtro", es decir, todo entra como aluvión de sensaciones, carteles, colores, gente, sabores, que te revuelca en la ola de la novedad. Después de esas dos semanas empieza la conversión: ya no es un solo monólogo del lugar, hay tiempo y espacio para los acuerdos y la conversación: la novedad se negocia, porque empiezas a defender tu especie de sentido común. Especialmente en países o lugares demasiado diferentes a lo acostumbrado. Porque no hay relatividad ni paciencia que aguante sin filtrar todo lo que se quiere “colar” para pasar el umbral de su interpretación. Y cuando pasas ese umbral empiezas a seleccionar lo que "entra" y cómo "entra", y ya puedes escribirlo con más calma porque la experiencia está “reposada”, y por consiguiente más sabrosa para el lector, porque de cierta manera logra encajar con ese imaginario, enamorándolo, para luego convencerlo de que se entregue sin perder su esencia.

Posteado por:
andres marcelo estica cerda
26/05/2008 14:28
[ N° 2 ]

Hermoso comentario Irene. Creo que una de las sensaciones que se producen al visitar Mejico es ese desencanto que ocurre luego de un par de dias al darse uno cuenta de que esas maravillosas costumbres de su gente que tanto nos llaman la atencion y nos encantan, son mas que nada un montaje para el turista, fenomeno recurrente en estos paises que realmente levantan una industria en torno al turismo. Fenomeno que en Chile ciertamente no existe y esa es hoy nuestra mayor fortaleza. Una vez superado el primer shock empieza a costar un poco encontrar lo puro en tamaño pais. La aventura es lo que vale la pena.

Posteado por:
Carolina Silva Brokordt
26/05/2008 17:53
[ N° 3 ]


No creo que haya "montaje turístico" en Ciudad de México.

Soy chilena, hace casi seis años que vivo en el DF, y me sigue pareciendo igual de fascinante - si no más - que cuando llegué...

Fascinante, inmensa y terriblemente contrastante. ¡Me enamoré de esta ciudad!

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