Por Claudio Magris
Qué se pierde escribiendo? Me lo pregunta, con una sonrisa tímida en su cara ancha y risueña, una estudiante china –y aspirante a escritora– del primer curso de italiano en la Universidad de Xian, la ciudad de los famosos guerreros de terracota y de la tumba del primer emperador. Su pregunta kafkiana llega inesperadamente en el aula del campus donde se debate la traducción china de mis Microcosmos, revelando indirectamente que China ha recorrido un vasto camino en esto años y quizá esté ya más cerca –como decía, en otro sentido, una vieja película de Bellocchio– de lo que se piensa.
***
(...) ¿Qué quiere decir haber estado en China, haber visto dos ciudades y un país que tiene mil doscientos millones de habitantes y está transformándose a una velocidad muy difícil de seguir? Es ridículo pretender comprender deprisa o –como decía Yao Wen-yuan, entonces delfín ideológico de Mao, citando un proverbio chino a Alberto Cavallari que éste cita a su vez en su espléndida Lettera da Pechino– pretender contemplar las flores sin apearse del caballo. Viajar es una escuela de humildad; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgan a otra. Excelentes libros sobre China escritos por notabilísimos escritores y periodistas son arrollados por los imprevisibles sucesos acontecidos poco después y enseguida dejan de parecerse a los acontecimientos.
***
(...) La diversidad entre la realidad ciudadana que tenemos ante los ojos y la de las inmensas y remotas campiñas debe de ser enorme, pero también la realidad ciudadana era radicalmente diferente hace poquísimos años. El Partido está ausente y a un tiempo es omnipresente, pero impalpable. Nadie habla de él –le he oído nombrarlo sólo a mi traductor cuando me contaba cosas sobre el período que pasó excavando tierra durante la Revolución Cultural– y da la impresión de que nadie o casi nadie es comunista aunque la actitud, en lo concerniente a ello, sea elusiva y quizás se deba más a la ética de la responsabilidad que a la de la convicción. La transformación de China en un país capitalista parece ser aceptada y deseada en general. Pero el Partido es el que guía férreamente, acaso sin demasiadas oposiciones, dicha transformación, o sea su propia muerte, dirigiéndola de manera que tenga lugar ordenadamente, sin que el país se derrumbe, sin que se rebaje como Rusia o se desgarre –en su multiplicidad étnica, cultural y religiosa– como Yugoslavia, pagando un precio en sangre que sería incalculable. Hasta ahora el proceso parece seguir adelante; hay una clase media (con una modesta, pero aceptable calidad de vida) que va en aumento y comprende ya doscientos cincuenta millones de habitantes, me dice Sergio Balbinot, administrador delegado de los Seguros Generali, compañía activa desde hace tiempo en Hong Kong y que se está expandiendo en el mercado chino.
Si China llega a convertirse en un moderno país liberal, sucederá no obstante el comunismo –las hecatombes de campesinos muertos de hambre durante el Gran Salto, los delirios ideológicos y las violencias de la Revolución Cultural, las despiadadas represiones– pero también gracias al comunismo, sin el cual el país habría quedado en una condición de atraso, miseria y esclavitud innombrable. Esto no justifica las violencias y los errores de ayer ni las violaciones de los derechos humanos de hoy, porque ningún éxito y ningún progreso justifican violencia alguna; cosa, ésta, que no vale exclusivamente para los comunistas sino para todos los demás países, regímenes y sistemas. El desarrollo económico tampoco justifica las actuales durezas sociales –semejantes a las de la fase inicial del capitalismo en los países occidentales– que privan a algunas categorías débiles de la protección social y las abandonan en la jungla de una competencia salvaje. Pero el mariscal Chu Teh, el estratega de la Larga Marcha, recuerda en sus memorias que su madre, campesina, no tenía nombre, de tan escaso o nulo que era en la China de entonces el valor de una miserable mujer de campo, no más merecedora de un nombre que una gallina del corral. También para dar un nombre a personas como ella, nació y triunfó la revolución. La mujer –ahora emergente– es una protagonista de la literatura. Zhang Jie, escritora de primera importancia en la China actual, me regala su último libro traducido al alemán; está dedicado a una fenomenal figura materna.
***
(...) Aunque ahora se haya mitigado relativamente el control de los nacimientos con sus formas crueles –la asfixiante limitación de la vida familiar y en pareja, la búsqueda del hijo varón y la consiguiente dureza de la condición femenina, el elevado número de abortos, los infanticidios– sigue siendo una de las plagas más hirientes de la China de nuestros días. Una vez más, la gran literatura tiene el papel de hacer comprender a fondo, con una radical humanidad ajena a ideologías y moralismos, una tremenda realidad. El aborto y el abandono de los recién nacidos aparecen con insistencia en algunos relatos extraordinarios de Mo Yan como, por ejemplo, Explosiones. Para entender qué quieren significar –y no sólo en China– paternidad, maternidad, nacimiento, infancia, aborto o abandono basta leer las páginas de este gran escritor, que no predica sino que cuenta inventando un lenguaje personal con una potencia fantástica original y a menudo violenta, que le ha llevado a escribir con Sorgo rojo –magnífica novela banalizada por la famosa aunque restrictiva película homónimo de Zhang Yimou– uno de los más hermosos y épicos libros de nuestros tiempos.
***
(...) A menudo se recuerda con admiración que Mao, consciente de estar cercano a la muerte, le dijo a Snow que se preparaba para su encuentro con Dios. Pero ¿por qué la muerte debería hacernos sentir a Dios más próximo y más visible? Quienes creen en él, eterno y presente siempre y en todas partes, no pueden pensar que un infarto o un adelantamiento en una curva haga que sea más accesible para nosotros, como si la muerte fuera el umbral de un palacio y su dueño se personase allí mismo nada más cruzarlo. Cada rosa, recién brotada o marchitada, está desde siempre y por siempre en la mente de Dios, escribía el poeta místico barroco y sacerdote católico Angelus Silesius.
***
(...) Salida hacia Vietnam, pasando por Hong Kong. Frontera con China y consigo misma, la metrópoli china –no (todavía) china– ha sido, al igual que cualquier lugar de frontera, un lugar de exiliados y prófugos, como los que llegaban sobre todo de Vietnam. La acogida brindada a los errabundos refugiados fue calurosa al principio, pero con el tiempo y el flujo creciente empezó a flojear. Ha nacido en Hong Kong una expresión terrible, "cansancio de prófugo", compassion fatigue. Ese estar cansados y hartos de la piedad tal vez sea un sentimiento letal destinado a difundirse, como un virus, por el mundo.
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |