Por Ruperto de Nola
Últimamente nos ha tocado asistir a cambios de carta en restoranes antiguos y a presentaciones de nuevos. Y como forma de dar una idea de la oferta, nos han traído a la mesa una sucesión de pequeños platos (a veces meros bocados). Y –pa' que vea Usté– nos está empezando a gustar el sistema. En vez de que le traigan a uno sólo una entrada, un fondo y un postre, puede uno probar 10 o 12 platos en miniatura. Y como muchos pocos hacen un mucho, queda uno al final de lo más contento. Se evita así el clavarse con un plato que, quizá, resultó malón y que hay que despachar, con todo, para no perder la plata (porque ha de saber Usía que parte del placer de restoranes es saber que a uno le están dando good value for money, y cuando no, uno igual se come todo lo que ya tiene pagado; en restoranes populares se respeta tan escrupulosamente esta norma de que lo pagado es del cliente que a uno le entregan una bolsita para que se lleve todo lo que no alcanzó a comerse, si es que le gustó; se evita de este modo tener uno que sentarse ante un plato enorme, como son los populáricos, y disponerse a comer hasta perder el conocimiento, a fin de aprovechar la plata).
Hay ciertas preparaciones que no se prestan para pichintunes. Que a uno le pongan cuatro o cinco porotos con pilco en una pailita es pecar contra el cielo. Pero otros platos sí aceptan, sin perder su esencia, el servirse de a poquitos.
En relación con esto, la idea de las tapas, tan española en apariencia, es un espléndido ejemplo. Y decimos en apariencia porque, aunque a algún español le cause infarto la noticia, nuestra amiga, la historiadora peruana Rosario Olivas, ha descubierto que el origen de las tapas (no del nombre, pero sí de la idea) está en ciertas ventas populares de Lima donde, desde remotos tiempos, se vendía chicha y, para acompañarla, bocaditos diversos. El fin era no beber alcohol sin comer algo: idea sanísima e inteligente. Sea ello como fuere, en España hay verdadera cultura de tapas; se comen tres de diverso tipo en un lugar con una copa, y luego se va a otro lugar y se toman otras cuatro diversas con otra copa y así, hasta hacer un recorrido no menor.
Ahora, el problema que se nos presenta es cómo vincular todo lo anterior con el postre que sigue. Le hemos dado vueltas al asunto y hemos llegado a la conclusión de que no hay relación alguna posible. Y como estamos decididos a publicar lo de las tapas, y también a dar a conocer el postre, pues que se vaya toda la composición literaria y coherencia por el hoyo de la alcantarilla y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga, y la mujer, la pierna quebrada y en casa y que no, sino haceos miel y paparos han moscas. Y, como alguien decía en El Quijote, si alguno se opone, "juro a Dios que tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa".
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