Ruperto de Nola
En la cocina, como en todas las demás habitaciones de una casa, y como todo en la vida, caramba, los seres humanos se dividen en sólo dos categorías, que son las más importantes que conocemos: los que se les ocurre, y los que no.
Dispusimos un día, para una comida casera liviana, que se hiciera pasta asciutta, al estilo de la familia: aderezada sólo con un sofrito no muy abundante de cebolla picada muy fina, con un poco de pimienta. Se mezcla esto con la pasta y luego se le revuelven varios huevos hasta que se cuecen con el calor de la pasta. Simple y delicioso. Pero a la Gledys, oriunda de Huanuco, "se le ocurrió" un día, porque estaba por ahí a la mano, ponerle también un poco de polvitos de un frasco con rótulo en inglés. Llegó a la mesa la pasta, y no sabíamos a qué atribuir ese aroma complejo, inesperado y misterioso, que transformaba una cosa sencilla en algo refinado y memorable. Era curry, según pudimos extraer luego de interrogatorio.
Otro día, al budín de pescado común y corriente que se hace en nuestro domicilio desde tiempos inmemoriales, a la Gledys se le ocurrió, porque ese día había un buen ramo de cilantro, echarle harto de esto, bien picado, a la mezcla. ¡Resurrección, transfiguración del plato, elevado a sencilla obra maestra!
Ahí tiene Usía. ¿Me entiende ahora? Si es cuestión de que a uno se le ocurra y quiera aventurarse un poco, con una innovación por vez (una y no más, please). Y verá cómo las cosas más triviales y rutinarias se transforman en delicias que uno espera volver a comer lo antes posible.
Tome, para seguir con el tema, aquello de los gringos, que desayunan, con santa paciencia, huevos con tocino y pan tostado o frito (en Inglaterra a este desayuno agregan chipolatas fritas, tomates fritos, champiñones fritos...). Y considere, por contraste, lo que a unos cuantos gaznápiros se les ha ocurrido en la Borgoña refinada y golosa.
La fórmula va a continuación; pero tome en cuenta que algo tan prosaico como los huevos con tocino se transforma, de indigesto condumio matinal, en gran plato de entrada para un almuerzo sustancial. Y no crea que cuesta tanto hacerlo. Compruébelo en estos días invernales, que son muy apropiados para este manjar.
Huevos en meurette
Pele y pique en cuadros 4 cebollas. Tome 6 trozos de tocino ahumado, de 1 centímetro de espesor y del tamaño de media rebanada de pan de molde. Ponga una cucharada de aceite en una sartén y dore el tocino. Retírelo y manténgalo caliente a horno suave. En la grasa de la sartén ponga los restos de tocino, agregue las cebollas y sofría por 5 minutos, con un diente de ajo. Moje con medio litro de vino tinto de buena calidad, agregue perejil, laurel, tomillo, pimienta negra molida y nuez moscada. Cubra la sartén y deje a fuego suave media hora. Espese la salsa con una cucharada de mantequilla mezclada con 2 de harina hasta formar una pasta, que se agrega de a poco para que no se formen grumos. Dé un hervor a la salsa y resérvela caliente. Tome 6 rebanadas de pan de molde, sin corteza, del tamaño de las de tocino, y fríalas en una sartén con 50 gramos de mantequilla y 3 cucharadas de aceite. Resérvelas en el horno, con el tocino. Fría 6 huevos y, finalmente, ponga en platos calientes una rebanada de pan, sobre ella el trozo de tocino y encima, el huevo. Espolvoree sal y pimienta y cubra con la salsa, filtrada. Un vino gordo acompaña esto mejor que un café aguachento, à l'americaine.
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