Ruperto de Nola
Hemos visto hace algunos días en la televisión por cable a unos selváticos, vagamente bolivianos, cosechar las bayas de chocolate y comenzar a realizar con ellas un proceso angustiantemente largo de machacado, lavado, enjuagado, filtrado y más machacado, todo en unas especies de enormes morteros de madera. Ahí pasaban las pobres féminas dale que dale durante horas y aún días para obtener al final un esmirriado caldo de chocolate aguachento, seguramente endulzado, aunque eso no quedó claro. Pero, al final, se lo tomaban todos los de la tribu poniendo los ojos en blanco y concediendo a la vida indulgencia por sus sinsabores.
La distancia recorrida entre este primordial modo de usar el chocolate y esas verdaderas gemas que se hacen con él en Bélgica o Suiza, suaves, untuosas, cremosas, perfumadas delicadamente, nos parece tan grande como la que separa un neolítico porridge escocés de un feuilleté parisién. Fue precisamente desde París que el chocolate, nacido en América, tragado por España con sus inmensas y atarantadas fauces y digerido finamente en las Galias y los Países Bajos, se difundió por el orbe civilizado. Hubo muchos tanteos, escarceos, temores y pasiones a su respecto. Cuenta Mme. de Sévigné los contradictorios efectos que en su plisado, almidonado y bordado ánimo producía esta infusión. El 15 de abril de 1671 escribía: "Y ahora debo decirte, querida hija, que ya no aprecio tanto el chocolate como antes. La moda ha influido sobre mí, como de costumbre. Aquéllos que solían alabar el chocolate, ahora hablan mal de él, lo denigran y lo acusan de todos los desórdenes a que estamos sujetos. En efecto, da origen a vapores y palpitaciones del corazón y, aunque sin duda la halaga a una por un tiempo, termina por producir una fiebre que se prolonga y, al fin, nos precipita en la tumba". Pero, al cabo de unos pocos meses, tal aterrador cuadro había desaparecido de su mente sensata, conquistada nuevamente por la gula: "Se me ocurrió reconciliarme con el chocolate, de modo que anteayer tomé un poco como digestivo después de comer y para mejorar la comida. Luego tomé ayer otro poco como sustento, a fin de permitirme ayunar hasta la hora de la cena, cosa que logré plenamente". ¿Qué hubiera dicho, con qué palabras, en cartas de qué enorme extensión, de la siguiente tarta, si la Providencia le hubiera hecho merced de conocerla?
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