Un sonido lento y pausado, como los boleros.
La Ruperta ha comprado unos compacts de boleros. Nadie sabe qué le bajó. Pero ahí están, y empieza a correrse la noticia por la familia y aparecen nuevas interesadas. Porque son ellas, sobre todo, las que recobran afición a esta máxima dulzura musical que fuimos capaces de producir en –para estar a tono– "esta América morena". Después, claro, vino el apogeo de Julio Iglesias con sus trémolos y adelgazamientos de voz y pestañeos, produciendo una música más empalagosa que dulcería árabe. Ah, y Luis Miguel. Luis Miguel.
La lengua y el oído no son partes humanas que disfruten bien simultáneamente. Esas comidas intelectuales, en que hay que estar atento para decir alguna agudeza y no quedar como lo que uno en realidad es... ¿Qué comió uno, al cabo? Y esas chácharas de vecinas ocasionales que le instalan a uno al lado: "¿De qué signo eres tú?"... A veces la monotonía de la blableta ambiente produce el mismo efecto deletéreo que el volumen infernal de los musicantes en lugares "para juventud". Se le marchita a uno instantánemente la frente y ya no quiere volver. Item más: huye uno de los matrimonios cuando atruenan los primeros compases del vals nupcial (sea anatema) y se desencadena la jauría musical para que agiten los esqueletos hasta carcamales que mejor harían metiéndose a la cama con una taza de tilo caliente.
No. No se puede apreciar a Brahms mientras se come una cazuela de vaca hecha como Dios manda. O lo uno o lo otro. Al contrario de lo que sucede con la música y la arquitectura: de los pocos momentos sublimes que recordamos haber vivido, uno de ellos fue una visita a la catedral de St. Ouen, en Rouen, mientras tocaban en el órgano alguna maravillosa música de Bach. Me decía alguien en un matrimonio –antes del vals; de otro modo no lo hubiera oído– que eso ocurre porque la arquitectura es música detenida, y la música, arquitectura que pasa: en ambos casos lo esencial es el tiempo; uno pasa por el interior de la arquitectura estática; y uno se queda, mientras la música pasa.
En fin. Hemos recordado el bolero de Ravel, y esos compases finales que son los que uno siempre espera oír de nuevo, cuando, a punto de acabar, como que toda la orquesta se guatea una y otra vez, antes de que se venga abajo el entramado entero con gran estrépito. Pero, ¡sí! Hay un punto de contacto entre el comer y la música: los ruidos de tripas. Hete aquí un guisado del norte de Inglaterra, tierra fría amante de papas, de mantequillas y productora de mucho repollo. El nombre que le han puesto esos palurdos, "rumbledethumps", es onomatopeya de los sonidos estomacales que produce, al poco rato, su ingesta. n
Rumbledethumps
El guisado es sumamente simple, y puede servirse sólo o como acompañamiento para una buena pulpa de chancho al horno. Tome iguales cantidades, medidas en gramos, de papas y de repollo cocido. Ambas cosas se muelen con el tenedor y se les agrega una buena cantidad de cebolla picada y frita, junto con una gran cantidad de mantequilla, como para que el puré quede firme pero bien untuoso (y jamás, ¡jamás!, aguachento). Vierta esta preparación a una fuente enmantequillada que pueda ir al horno, cubra todo con rebanadas de queso cheddar maduro y hornee hasta que el queso esté bien derretido y tome un bonito color dorado. Después de comer, siéntese por ahí en lugar tranquilo y compruebe cómo el bolero de Ravel suena allá en las profundidades.
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