Por Juan Pablo Meneses
En uno de los salones del Museo del Louvre hay una pequeña muchedumbre. El ambiente es festivo. Los visitantes recuerdan esas largas filas de fans, en la puerta de alguna disquería gigante, aguardando con nerviosa paciencia el autógrafo del cantante de moda. Pero esta tarde parisina la estrella absoluta es un objeto. Un cuadro. El más famoso de todos. La estrella de esta tarde se llama Mona Lisa, la Gioconda de Da Vinci. Esa chica de sonrisa misteriosa que está custodiada, celosamente, por Frederick.
Frederick, como buen empleado de seguridad, no da su apellido. Es alto, de pelo corto y nariz flaca: un francés que pasa inadvertido por las calles de París. Sin embargo, donde Frederick se hace verdaderamente invisible es en su puesto de trabajo. Me cuenta que se levanta temprano, que se viene al Louvre en metro, que toma café en la guardia, y luego se larga a trabajar. En su caso, su labor de oficinista es pararse al lado de la pintura más popular del planeta, para que nadie se le acerque mucho, ni traspase la cinta de seguridad, ni aparezca uno que lance un huevo, o una piedra, o un globo con pintura.
En general, el trabajo de guardaespaldas consiste en poner la vida de nuestro custodiado por sobre la nuestra. Sin embargo, en el caso de Frederick el asunto puede llegar a la exageración: custodiar la cara más conocida del planeta equivale a convertirte en el ser más anónimo de la Tierra. Y Frederick lo sabe. Nadie lo ha venido a ver a él, sin embargo, todos miran hacia donde él está. Nadie sabe –ni a nadie le interesa– que cursó cinco años en la Policía, ni que le gusta jugar de arquero en el fútbol. Dice que, por estar parado al lado de la Mona Lisa, ha salido en cientos de miles de fotos que recorren el mundo. Pero también sabe, o sospecha, que en muchos casos lo han eliminado de la historia gracias al Photoshop.
Desde el puesto de Frederick se puede ver cómo la muchedumbre del salón se renueva constantemente. Veo unas japonesas que se abrazan con la Mona Lisa de fondo. Un curso completo de italianos, unos mexicanos en luna de miel, dos jubiladas de Estados Unidos, todos sonriendo para el click con el cuadro a sus espaldas. La alegría es total. Para Frederick, en cambio, estar con ella es su trabajo.
Tal vez, el peor peligro para la Mona Lisa sea que un día, un día cualquiera, Frederick se harte de que nadie lo mire a él. De que absolutamente ninguna de estas miles de personas sepa que él está ahí. Entonces, tal vez trate de romper el vidrio blindado para rajar la tela de una buena vez. De todos modos no hay que preocuparse. Seguro eso no sucederá pronto: Frederick tiene un buen sueldo y una vida –y un trabajo– que nadie ve.
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Posteado por: Irene Adler Teds 08/09/2008 15:29 [ N° 1 ] |
Sin ser psicoanalista apostaría que la mayoría de esos turistas soñarán alguna vez en sus vidas con Fred, aún sin saber o recordar quién cresta es. ¿Por qué? Porque a pesar de querer concentrarse solamente en la Gioconda, verán a Fred por el rabillo del ojo, como todo lo aparentemente imperceptible, que por no llamar la atención se desplaza con furia hacia el inconsciente o como quiera que se llame esa membrana hacia donde se filtra todo lo aparentemente insignificante. Y me gustaría saber a cuántos ya se les habrá aparecido en sueños este guardia supuestamente invisible para el ojo que ya no se deslumbra con nada pero luminoso y atractivo para el otro ojo indomable que después sueña lo anónimo para darle un protagonismo casi morboso. |
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Posteado por: kenneth thomas ledger toledo 22/09/2008 04:39 [ N° 2 ] |
¡Cómo podría alguien en su sano juicio, cerca de Monna Lisa, reparar en el guardián! Quizá el señor Meneses sufra de un ligero cuadro de Giocondafobia. ¿Pero, quién es Monna Lisa? ¿Quién es esa obscura veinteañera, mujer de un funcionario florentino, de la que poco conocemos? ¿Qué es lo que ella simboliza? ¿La imagen de la madre de Leonardo? ¿Una amante? ¿Su representación del ideal humano o de la divinidad? ¿Y ese ambiguo intento de sonrisa que no ha sido borrado por la pátina del tiempo, es acaso una mueca de burla o desdén o una comprensión muda de nuestra condición penosa de mortales? ¿Quizá una sensual invitación a descubrir arcanos misterios, perdidos en en el sfumato? Contrasta su poder enigmático y su hermosísima fealdad, con la delicada, fresca y efímera belleza de la "Dama del Armiño": esa juvenil Cecilia que ya era, o pronto se haría, amante de El Moro, y tal vez, del propio Da Vinci. Ella no necesita de otro guardián que su albo y atento mustélido. |
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Posteado por: Ramón Lorca Montenegro 05/10/2008 11:49 [ N° 3 ] |
Mi pregunta es: ¿como podría el guardaespaldas de la Monalisa, "rajar la tela?, considerando que Leonardo da Vinci utilizó madera de álamo para plasmar su obra maestra. |
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Posteado por: kenneth thomas ledger toledo 07/10/2008 02:27 [ N° 4 ] |
Buen punto el señalado por el sr. Lorca Montenegro. Efectivamente se trata de un óleo sobre tabla o panel. Quizá el columnista se refería a la tela de las vestiduras de la Duquesa de Borgoña. |
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