Puedes estar en el DF mexicano visitando museos, comiendo tacos, yendo a la lucha libre, tomando tequilas, comprando libros, cuando de pronto alguien te dice: “Este sábado tienen que ir a Taxco”. Y te comienzan a explicar que Taxco es una ciudad hermosa, con casas sobre los cerros, famosa por sus artesanías en plata, que está a 3 horas en bus desde el Distrito Federal y que los sábados –porque a Taxco hay que ir los sábados, te vuelven a decir- es día de “tianguis”. Día de feria libre, de mercado de artesanía.
A las 8 de la mañana del sábado ya estás en la terminal de buses de Ciudad de México, comprando el pasaje a Taxco. Descubres que hay varios turistas que siguen la misma ruta, en su mayoría mujeres de otros países y con mochilas. El bus es cómodo, y uno duerme tranquilo: como si sospechara que lo que viene es una pesadilla.
Llegar a Taxco un sábado al mediodía puede ser un golpe duro, si no estás advertido. Era mi caso. De pronto, tienes enfrente cientos de puestos ambulantes de plata –anillos, pulseras, collares, aros- que parecen miles y encandilan hasta dejar ciego. Hay joyas mejor trabajadas que otras, con más o menos brillo, en locales más o menos cómodos, pero con un detalle en común: los precios, para los que venimos de afuera, son muy baratos.
Un sábado en Taxco uno se da cuenta de varias cosas: de cómo nos han robado, cuando nos venden plata mexicana a precios de diamante sudafricano. De cómo se puede aprovechar la superficie para vender: un sábado en Taxco uno abre una pequeña puerta, y descubre que da a un gran galpón subterráneo donde hay otros cientos de puestos de venta y otras miles de persona probándose artesanías. Y también, uno se cuenta de cómo alguienfrente a esta inesperada ganga de platería, puede volverse loca comprando y recorriendo y buscando –como si no bastaran los mil puestos repartidos en la ciudad- algo mejor que puede estar en el siguiente puesto. Nunca vi a mi mujer perdiendo la noción del tiempo, del espacio, del hambre, del idioma, del calor y del dinero, como en Taxco. Por mi parte, aproveché el día para hacer algo que tenía pendiente: ejercitar extremamente mi paciencia.
Las tres horas en bus, para volver al DF, fueron devolviendo la calma. Lentamente. Ya entendíamos lo que significa un sábado de tianguis en Taxco: un ejercicio extremo, para el que hay que ir preparado.
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