Juan Pablo Meneses
¿Falta mucho?, le pregunté a Margarita, una caleña fanática del Parque Tayrona. Llevábamos un rato largo caminando por entre la selva, subiendo y bajando pendientes, saltando riachuelos, corriendo arbustos para no rasmillarnos. Era mediodía y los árboles gigantes tapaban el cielo.Queda poco, dijo ella, que caminaba dos metros más adelante y disfrutaba cada paso por el parque natural más famoso de Santa Marta, al norte de Colombia. No éramos los únicos. En el camino nos cruzamos con unos mochileros israelitas, con una pareja de novios argentinos y con un vendedor de artesanías que se apareció así, de repente, sobre una roca en mitad de la selva.De acá salió toda la marihuana que se fumó en Woodstock, comentó ella más adelante. En alguna época, a fines de los 60, Tayrona fue uno de los principales puertos de salida en "la época de la marimba": como se conoció al período en que los barcos salían a Estados Unidos repletos de tabaco verde, que se hacia humo entre los hippies de la revolución de las flores.Por fin llegamos, aquí es, dijo Margarita. Frente a nosotros, desplegado como en un telón de cine portátil, toda la imagen de una playa perfecta. Mar esmeralda, buenas olas, rocas no agresivas, bosque a punto de meterse al mar y arena suave. Toda la fama de una de las playas más hermosas de Latinoamérica, extendida por todo el rango de vista del ojo humano.Seguramente, en toda esa caminata larga y las dificultades de acceso, está buena parte del atractivo de las playas de Tayrona. Frente al mar no hay hoteles (uno se queda a dormir en carpas, o en hamacas frente al mar), ni casinos, ni resorts con toboganes, ni estacionadores de autos, ni promotoras regalando jugos, ni desfiles de moda, ni programas de TV trasmitiendo en directo, ni ninguna de todas esas actividades que han terminado convirtiendo al verano en una pesadilla y a las buenas playas en un recuerdo del pasado. ¿No te parece bello?, dijo Margarita, y se fue corriendo a meter al mar. Por la noche, durmiendo bajo los árboles y con las olas reventando a metros de tu hamaca, uno imagina lo obvio: seguramente, así eran antes las buenas playas.
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