Con todas las nuevas de aviones despanzurrados que nos traen los diarios, es casi temerario ponderar las maravillas del vuelo en alfombras mágicas. Porque, en efecto, eso de volar en cosa tan sin barandas ni agarraderas y tan ondulante e inestable como una alfombra... Recordamos aquel planeta que describe C.S. Lewis en Perelandra, donde no había tierra firme sino unas como islas que flotaban en el mar: un mundo de perpetuo mareo, donde ¿cómo habrán podido comerse una buena cazuela de vaca?
Sí: una alfombra de Samarcanda como medio de transporte ha de ser una cosa preciosa. Una hija nuestra anduvo por aquellas lejanías: "Compre muchas alfombras, mijita". Las había fantásticas, de lana, de seda... Pero costaban un ojo de la cara. Y quedaban expuestas además a ser hurtadas en el aeropuerto de Moscú, en el que tenía que hacer escala de vuelta la creatura y donde, a la ida, ya le habían desvalijado la maleta. Por eso más vale quedarse con la pura idea -qué rapidez, qué fantasía multicolor volar en una alfombra- y optar por la lengua como medio para dejarse llevar por la imaginación y los recuerdos de modo mucho más seguro, delicado y sensible. En lo personal, no se nos olvida jamás nada que se nos deposite sobre ella; y, en general, qué análisis y chaises longues y demás faramalla: nada, nada hace al humano regresar más rápida y penetrantemente a la infancia y a sus vericuetos e indescriptibles complejidades que la lengua.
Es la única parte del cuerpo, por lo demás, que ha merecido, en varios países donde los carcamales no tienen nada útil que hacer, que se le consagre toda una institución. Las Academias de la Lengua son el lugar donde, perdido el sentido del gusto, van a parar unos cuantos vejetes semimuertos que, impotentes ya en su propia vida, quieren mandar en las ajenas. Y ordenan necios cambios ortográficos que, naturalmente, no estamos dispuestos a aceptar. A menos, claro, que nos sobornen con un plato de lengua de "res" como el que va hoy, capaz de poner fin a cualquier discusión semántica, ortográfica, sintáctica o urológica de las muchas que en esos cenáculos se suscitan.
Lengua a la antigua
Compre una lengua no muy grande de vaca. Póngala a cocer en olla a presión una media hora, o hasta que se le suelte el cuero que la recubre. Suelto éste, pele la lengua y póngala en la olla con agua fresca, agregue media cebolla partida en dos, una zanahoria en trozos, una ramita de apio, sal y pimienta. Cueza hasta que esté perfectamente blanda y córtela en rebanadas cuando se enfríe. Reserve el caldo. En otra olla derrita una cucharada de mantequilla y en ella rehogue media cebolla en cuadritos, una zanahoria en rebanadas finas, un tomate pelado y cortado en rebanadas, tres cucharadas de callampas secas previamente remojadas y cortadas en trocitos. Agregue a esto las rebanadas de lengua, dos terrones de azúcar bien tostados, un poco del segundo caldo de la lengua, sal y pimienta. Cueza a fuego suave hasta que las hortalizas estén listas. Sirva con puré de papas.
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Posteado por: juan aninat solar 13/07/2009 09:27 [ N° 1 ] |
Caro Augusto. Yo aprovecho el 1er caldo: regio para unas pantrucas. El paté de lengua es exquisito,más aun usando grasa de ganso. Está por supuesto la lengua nogada, plato de nuestro tiempo que ya poco se ve. Lamentablemente para los comedores chienos, la lengua está con un precio exhorbitante por el aprecio japonés. Felicitaciones por tu columna, humor/cultura/soltura/sabrosas recetas |
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Posteado por: Jorge Osses Rojas 14/07/2009 10:59 [ N° 2 ] |
Lo mismo digo...el primer caldo es para las pantrucas. No obstante veré como funciona esta variante. Te mantendré informado. provecho! |
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Posteado por: Eduardo Hurtado G 14/07/2009 11:33 [ N° 3 ] |
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