Una vez este servidor fue a parar a la UTI por largo tiempo, como para desarrollar una merecida aversión a esas enfermeras que, cuando uno ha conseguido finalmente conciliar el sueño, entran prendiendo luces, pateando chatas metálicas y anunciando a gritos: "Le toca su pildorita".
El episodio tuvo dos capítulos. En el primero, no podía tragar nada, por lo que todas mis necesidades fueron satisfechas con un alimenticio suero a la vena. Fue raro no sentir, durante días, ni hambre ni sed. Me mataron el hambre de modo inmisericorde.
En el segundo, me sobrevino un ataque de hipo que me duró dos semanas. "Agárrate, Catalina, que vamos a galopear"... No es para descrito. Hasta que un benditísimo día descubrimos que, tragando comida, se nos pasaba.
"¡Oh, Gawd!": allí fue Jauja. Qué desayunos contundentes, con todo lo que había en el menú; qué almuerzos largos y reposados; qué tés llenos de pancitos y demás embelecos; qué comidas igualmente sustanciosas y a propósito para un sueño profundo.
Y, claro: había una trampa que nos tenía preparada esta odiosa vida, que pocas veces se digna darle a uno todo el contento, cabalmente y de una sola vez (una amiga nuestra dice "cuando Dios quiere dar, a la puerta manda a dejar"; obviamente en aquella ocasión no quería). Porque, a poco de cerrados los ojos y apenas esbozado el tema de los deliciosos sueños que me prometía para dentro de poco, llegaban las enfermeras prendiendo luces, pateando chatas y vociferando: "A este enfermito le toca su píldora".
Por cierto, una vez despierto, me volvía el hipo, por lo que les ordené una noche a esas brujas que cada vez que llegaran así en estampida, habían de hacerlo con un buen sándwich en la mano; que si no, podían hacer con su píldora cosas que yo me sé y me callo. Y, espantadas esta vez de mi justa ira, entraron en vereda. Sólo que tenían ya pensada su venganza, como suelen: puros sándwiches de pollo, de los cuales comí tantos que hoy me traen recuerdos terribles de chatas, de insomnios, de hipos. Pero sí cuento a mi haber con la experiencia de matar el hambre. Sólo que esta vez le propondré a
Usía un modo de hacerlo que ni es el argentino, de igual nombre, ni otros parecidos que se hacen en Chile, con arrollado de malaya, siempre tan difíciles de lograr. Mire, vea.
Matambre
Es para cuando se está a punto de perecer de la que le dije, y no se tiene ni mucho tiempo ni muchos ingredientes. Tome usted unas cuantas papas y cuézalas peladas. Mientras, corte una cebolla a la pluma y fríala en aceite de oliva hasta que esté bien blanda y transparente. Agregue ahí unas cuantas salchichas y unos trozos (es imperativo) de longaniza ("p'al gusto"). Que se frían las longanizas. Agregue las papas calientes y trozadas, y cuantos huevos calcule Ud. que podrá digerir sin riesgo vital. Mezcle todo bien en la sartén por unos minutos y sirva. Sal y pimienta, obvio.
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