Juan Pablo Meneses
Domingo 23 de Mayo de 2010
Recorrer Lisboa en tranvía


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Lisboa, la ciudad del fado y de Fernando Pessoa y de la mejor sopa de mariscos del mundo, mantiene su propia cadencia.

Lisboa tiene su propio ritmo. Uno al que no parece inmutarle ni la crisis económica europea, ni el próximo partido contra Brasil en el Mundial de Sudáfrica, ni las temporada de altas temperatu- ras. Aquí no llega la nube volcánica de Islandia, ni tampoco el incesante ajetreo turístico en que se mueven las principales capitales del viejo continente. Lisboa, la ciudad del fado y de Fernando Pessoa y de la mejor sopa de mariscos del mundo, mantiene su propia cadencia. Por eso es que un tranvía, viejo y lento, termina siendo la mejor manera de recorrerla.

Hay muchas ciudades en el mundo que tienen tranvías. No hay ninguna otra ciudad, como en Lisboa, donde el tranvía se acople tan bien al ritmo imperante. Basta pagar 1,4 euro y sentarse junto a la ventana, para comenzar un recorrido por calles que suben y bajan, se angostan y se ensanchan, todo el tiempo entre lusitanos que caminan a su propio ritmo.

Si bien es un panorama turístico, la mayoría de los pasajeros son portugueses que usan el tranvía como medio de transporte cotidiano. En total, la red cuenta con cinco rutas y 58 tranvías: la mayoría de ellos antiguos.

Cuando uno se sube al tranvía 28 ingresa a otro tiempo. Ya estás dentro de un pequeño coche, de madera, pintado de amarillo, que no para de repiquetear mientras ser- pentea por el centro de Lisboa.

Por fuera de la ventana pasan barrios como Graça, Mouraria, Alfama, Chiado y Barrio Alto. En ese detalle está la diferencia del tranvía lisboeta Ahí está el gran encanto del tranvía lisboeta: es útil. No se queda en la mera atracción distante de la realidad, por el con- trario, decididamente forma parte de ella.

En el recorrido puedes escuchar gente que habla de libros, de fútbol o de telenovelas. Los que consiguen ventana no la sueltan, y asoman la cara al viento. Por momentos, el carro avanza a paso de hombre. Cuando te bajas del tranvía de Lisboa, no sólo llegaste a destino. También perdiste algo: ahora te queda una cosa menos por hacer antes de morir.

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