Por Alejandra Costamagna
Es 1985. Estoy en un hotel de Lima con John y Alan Durston, mi padrastro y mi hermanastro respectivamente. Al día siguiente tomaremos el tren a Cuzco, nos bajaremos en Ollantaytambo y nos sumergiremos con nueces, almendras y mate de coca por el Camino del Inca, hasta Machu Picchu. Mi hermanastro se llama como el nuevo presidente de Perú. Hace unos días ha sido electo Alan García (pura coincidencia con el presente, veintiséis años más tarde). Al llegar a la capital peruana he visto un cartel pegado en un muro: “Charly García en vivo”. Charly García aún es Charly García y canta. Qué buena idea, pienso entonces, ver a Charly García en Lima. El problema es que mi padrastro no me da permiso para ir al recital. El país no está para bollos, me dice. En Chile hay dictadura y los peligros son reales, pienso. Que mi padrastro no me dé permiso para ir a un concierto de rock en un país democrático me parece último. Se lo digo: eres último. Puede que hasta le diga facho. Facho y exagerado. Yo tengo quince años y estoy amurradísima.
John es la autoridad en este viaje y yo soy menor de edad y no tengo dinero ni carácter ni arrojo suficientes como para escaparme por la ventana del hotel de una ciudad desconocida. Entonces me acuesto a leer. En la mochila ando con un libro de Roberto Arlt llamado El juguete rabioso. En una parte el protagonista dice: “Así veo la vida, como un gran desierto amarillo”. O algo así. Por un rato me olvido de Charly García. John y Alan conversan en la pieza; afinan los detalles de nuestra ruta a Machu Picchu. Y de repente viene la explosión. Un pum con mucho eco, como en una película de Bruce Willis. Y la ventana se hace trizas y llueven esquirlas. Pedazos de auto en la pieza, en la cama, entre mi hermanastro, mi padrastro –mi paternal padrastro– y yo. Es el saludo de Sendero Luminoso. Bienvenidos a la Lima de García. De Alan García, no de Charly García. En ese minuto pienso que esto recién empieza para Alan. Para Alan el Presidente, no para Alan mi hermano. Yo agarro un resto de auto del suelo y lo olfateo. Obvio: huele a pólvora. Mi padrastro me mira no más. Yo entiendo todo y no digo nada. Incluso tengo muchas ganas de abrazarlo. Al rato suena el teléfono. “Ha estallado un coche bomba”, confirma el recepcionista del hotel. Y agrega: “Pero no se alarmen, señores, todo está en orden”. A mí se me ocurre que esto es un desierto rojo.
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Posteado por: María Alicia Vicuña Jiménez 27/04/2011 11:33 [ N° 1 ] |
Encuentro muy interesante y entretenida esta experiencia. |
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Posteado por: Hernan Barrios González 13/06/2011 11:25 [ N° 2 ] |
Hola, no puedo ingresar a los suplementos on line desde hace ya un par de semanas, que ocurre? |
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