Luis Harss era el más famoso e influyente cronista de la literatura latinoamericana cuando se perdió de vista en 1967. En noviembre del año anterior había publicado Los Nuestros, un extraordinario libro sobre 10 grandes narradores, que estableció –muy a pesar de Harss– el canon de lo que se conocería como el boom.
La lista de nombres elaborada por Harss incluía a escritores que ya tenían reconocimiento internacional –Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Joao Guimaraes Rosa –junto a otros que comenzaban a tenerlo, como Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. También asomaba allí un desconocido, Gabriel García Márquez, a quien Harss añadió después de haber leído las primeras páginas inéditas de Cien años de soledad.
Nunca explicó el autor por qué su selección dejó fuera del canon a figuras que la crítica europea ya mencionaba como protagonistas del renacimiento literario latinoamericano –Ernesto Sábato, Clarice Lispector, José María Arguedas, José Donoso, Augusto Roa Bastos y Guillermo Cabrera Infante– ni por qué eligió a los 10 que eligió. Lo cierto es que su lista hizo historia.
Aunque Los Nuestros no se reedita desde hace más de 30 años, sigue leyéndose en muchas universidades como la carta de navegación sobre una cultura que en menos de tres décadas se liberó de la modorra regionalista y de la retórica pomposa para salir al encuentro de un público de lectores ávidos, a los que les hablaba en su lengua de todos los días y les contaba historias con las que podían identificarse fácilmente.
"¿Qué se ha hecho de Luis Harss? ¿Quién ha sabido algo de él?", preguntó García Márquez durante los fastos de su jubileo en Cartagena de Indias, a mediados de marzo pasado. Nadie lo sabía.
Para quienes frecuentaron al brillante y erudito Harss en los años '60 es difícil imaginarlo lejos de los ruidos del mundo, en Mercersburg, un pueblito de 2,000 habitantes en Pennsylvania. En su pelo no hay canas y sólo su expresión es más sombría, acaso por las inevitables arrugas que le han surgido alrededor de los ojos. Si no me hubiera cruzado con él por azar en una calle de Buenos Aires una noche de octubre, sin duda lo habría perdido para siempre. Caminaba de la mano de su esposa, Patricia Conway, y tuve la fugaz impresión de volver a ver la foto del momento en que hablamos por última vez, en 1968.
Cuando lo conocí, acababa de publicar Los Nuestros, escrito en inglés como las dos novelas que lo precedieron, The Blind (1962) y The Little Men (1963). Después se entregó de lleno al manuscrito de La otra Sara o la huida de Egipto, que daría a conocer en 1968.
El inesperado fracaso de esa novela es una de las mayores decepciones en la vida de Harss, y sin duda determinó el voluntario ostracismo en que se sumió desde entonces. Se sintió expulsado de su país, la Argentina. A ese amor no correspondido le ha dedicado casi toda su obra.
El azar le reveló la novela latinoamericana, un universo inexplorado para Harss. Llevaba dos años en París cuando vio la portada de Rayuela en las vidrieras de la librería española. Recordó que un amigo, el pintor argentino-japonés Kazuya Sakai, le había recomendado que pusiera en contacto con un escritor. Era el autor de ese libro.
"Tuve un impulso y lo compré", recordó. "La lectura de Cortázar me enseñó que era posible escribir en castellano de otra forma. Rayuela se alza contra la tradición española y contra la forma de escribir en español que regía entonces."
Cortázar le abrió las puertas de su casa, y muchas otras.
"¿Sabés que hay otro tipo, acá a la vuelta, no muy conocido todavía pero excelente escritor? Te lo recomiendo. Se llama Vargas Llosa", le dijo.
Harss entrevistó al joven que había publicado Los jefes y La ciudad y los perros, quien a su vez lo puso en contacto con Fuentes, quien a su vez le mostró a García Márquez. La Mafia, como ellos se denominaban a sí mismos: una fraternidad de escritores dispersos por México, París, Buenos Aires que se leían los unos a los otros y se admiraban.
"Los unía la idea de que su país común era el idioma español, y ese idioma era un artefacto arcaico y rechinante que necesitaba ser revivido y renovado, reclamaba desesperadamente una transfusión de sangre y de vida. La Mafia, entonces".
Carpentier le resultó untuoso, rimbombante, "un oportunista encabalgado en la montura de la revolución cubana". Asturias, a quien visitó en un 'palazzo' derruido de Génova, le devolvió la entrevista que Harss le había enviado para su revisión con retoques grandilocuentes: "Donde yo escribía 'un escritor guatemalteco del siglo XVIII', puso 'un insigne escritor'... Todo el capítulo estaba inflado". En el magnífico retrato de Onetti, unas pocas líneas le alcanzan para que el lector lo vea por completo: "En la lenta llovizna, metido en un voluminoso abrigo, doblado bajo el peso de la ciudad, avanza, opaco, un sonámbulo en la noche insomne. Como la ciudad, lleva con fatiga la carga de los años".
Donoso quedó fuera porque lo encontraba "un autor de lengua muy trabada, luchaba y perdía sus batallas con el idioma". Y aunque corrían los años del gran éxito de Sobre héroes y tumbas, descartó a Sábato: "Como novelista, me parecía de un dramatismo banal y estereotipado".
En cambio, lamentó haber dejado pasar a Cabrera Infante, a quien más tarde invitó a la Universidad de West Virginia.
García Márquez, por el contrario, fue la gran revelación de su libro. Harss había leído apenas sus cuentos y la novela La mala hora. El manuscrito de Cien años de soledad llegó a sus manos por azar. Ya estaba muy adelantado cuando el autor envió una muestra de 70 páginas a varias personas. Harss no recuerda cómo llegó hasta él. Sólo recuerda que le llevó esas páginas a Paco Porrúa, el editor de Sudamericana, quien compartió su entusiasmo. La novela fue publicada meses después y cambió el mundo.
La Argentina le sigue doliendo de un modo tan hondo que, cuando vuelve a ella, aunque sea de visita, todo lo atrae y lo rechaza a la vez. Harss se siente todavía excluido por un pasado de discordia que incluye –sobre todo– los años de la dictadura. Comparte con Patricia la idea de que la Argentina "es el país de los grandes fracasos, donde la gente de valor en cualquier esfera de la vida termina fundida, o suicidada, o expulsada".
El desencanto y la tristeza sólo embargan a Luis Harss cuando habla de la Argentina que ha dejado atrás y a la que tanto le cuesta volver. En lo demás sigue siendo el creador entusiasta, al que tantos lectores siguen identificando con un libro legendario.
De Harss se podría decir lo que él dice, hablando de otros, en las últimas líneas de Los Nuestros:
"Tocó con delicada poesía una de las raíces del mito americano: el continente sin pasado que sigue en busca de sus momentos de verdad".
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Posteado por: victor isaias Casanueva Escobar 07/06/2009 12:14 [ N° 1 ] |
Nada nuevo bajo el sol.el pap borgia uno de los perores del 1400,tuvo n amantes ,su hijo Céasr fue cardenal de 15 años y violó a su hermana Lucrecia.El cura Maciel de los Legionarios fue pedöfilo.Ayer ARTV exhibió un documental acerca de las víctimas de curas en USA,negadas por obispos.SON ASQUEROSOS |
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