El anonimato tiene distintos grados de dispersión, como el público que asiste a un teatro o un estadio, los cuerpos no identificados en un terremoto o una guerra, o el cadáver producto de un asesinato, cuyo autor suele ser anónimo también. Todos, vivos o muertos, son cuerpos cuyos nombres desconocemos, en situaciones que se prolongan o se acortan en el tiempo según sea el interés en identificarlos. A un investigador estadístico le bastará contar las cabezas en una foto o las entradas vendidas en una taquilla, mientras a un periodista le urgirá la cantidad de muertos y desaparecidos para un extra noticioso, antes que la larga lista de nombres que la integran. A los deudos, por el contrario, les apurará la identificación de los cadáveres o el paradero de los desaparecidos, y, a continuación, el nombre de los autores si se trata de crímenes. Como una ironía a estos afanes, los nombres en la guía de teléfonos, que sí están dados, son a su vez también anónimos, pues aunque ofrecen miles y miles de identificaciones, no se sabe a qué cuerpos pertenecen.
Carlos Zúñiga es un artista que trabaja su obra gráfica interviniendo textos de impresos como revistas, libros y guías telefónicas. Su ejercicio es muy simple, pues se circunscribe a tachar o tapar ciertas palabras, frases o párrafos, o incluso un libro entero. En este proceso ejerce unas veces el papel del censor, en cuanto no deja decir algo que se quiso decir, mientras en otras sólo lo metaforiza. En su muestra en la galería de Florencia Loewenthal presenta cinco obras que ocupan cada una entre 48 y 55 páginas de guía telefónica santiaguina, en las cuales cubre extensamente los nombres enlistados, creando espacios en negro donde flotan cuerpos en estado de apnea estática; esto es, conteniendo la respiración sin agitarse. La alusión visual es a los muertos por inmersión, aunque también a la inmersión de los muertos, ambas ocurrencias frecuentes durante el pasado régimen militar. Y es en este contexto que el tachado de nombres adquiere significación dual, pues por un lado alude a los muertos o desaparecidos, mientras por otro se refiere a los amplios sectores de la sociedad que se sumieron en el anonimato, contribuyendo al trasfondo oscuro adonde fueron a parar aquellos cuerpos disidentes.
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