Hace la friolera de casi 90 años, en 1920, el que después sería uno de los mayores maestros de la historia del cine, John Ford, filmó la historia de un niño abandonado que llega como polizonte de un tren a un pueblo de Wyoming, y se hace amigo del hombre más vago del lugar, un inútil que sólo quiere gandulear, pero que se ve impelido a educar al niño desconocido y madurar él mismo hacia la condición de hombre social. La película se llamó Just pals y es una perfecta y conmovedora demostración de vigencia fílmica por encima de los avatares de la tecnología.
Entre entonces y ahora, esta historia ha sido contada muchas veces, con decenas de variantes. Esta vez, bajo la conducción del director y guionista Menno Meyjes, llega con la forma de un niño de 6 años, tan traumatizado por el abandono, que ha optado por convencerse de que viene desde Marte. Dennis (Bobby Coleman) vive en una caja, para no exponerse a la luz solar, pero sobre todo para no enfrentarse a un mundo donde nadie parece quererlo. Así lo conoce David Gordon (John Cusack), un hombre soltero, que huye de todo compromiso y que se ha convertido en un exitoso escritor de ciencia-ficción como un modo singular de esconder su propia extrañeza y su condición infantil.
David se lleva a Dennis a su casa, con la intención de adoptarlo, y de hacerlo a solas, a pesar de que tiene una cuasi-novia (Amanda Peet) que merodea por su casa con inequívoco aire matrimonial. Es el indicio más claro de que David quiere a Dennis como una forma de arreglar las cuentas consigo mismo, con su inmadurez y sus vacilaciones.
Y es, por infortunio, casi el único indicio (el otro podrían ser las dudas de David acerca de los “poderes” de Dennis), porque en la mayor parte del relato David se comporta como un adulto tratando de comprender a un niño, y no como un adulto que es sustancialmente afectado por el niño.
La verdadera gracia de la historia residiría en la relación dialéctica entre los dos personajes —el niño aprende a ser hijo en la medida en que el otro aprende a ser padre—, pero el director Meyjes se deja arrastrar por el sentimentalismo y convierte la relación en algo totalmente unilateral: la compasión de todos, transportada desde David hacia el espectador por la vía de unos majaderos primeros planos, ante el pobre y desorientado Dennis.
Esta no es una mala película, ni mucho menos. Es sólo que no es una película capaz de sumergirse con convicción en su propio material, y uno no acaba de asombrarse de que 90 años antes un cineasta haya visto lo que otro no alcanza a ver cuando parece que todo hubiese progresado tanto. Otra confirmación de que en el arte no hay progreso: sólo grandeza o medianía.
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