Miremos a nuestro país en un mapamundi: es una franja imposible, un abismo, algo que supera toda lógica, una tierra para pioneros, una tierra que nos fortalece en el coraje de vivir entre cordillera y océano, con terremotos, volcanes, desiertos, selva, mar frío y oleaje poderoso.
Una tierra donde la fuerza creativa-destructiva es vivida en carne y hueso por cada generación que narra la épica de algún terremoto, inundación o erupción que transformó su vida.
Tierra encantada donde se puede vivir la experiencia del valle, de la apertura y receptividad, como un cáliz quieto entre los cerros. De la majestuosa montaña que cada chileno lleva en su interior, adonde sea que vaya, que nos acompaña, inmutable, en viajes y exilios. Esa cordillera que cada día nos habla entregándonos un mensaje de poder y permanencia y que, en los momentos más impensados se convierte en volcán recordándonos que hay fuerzas y dinámicas que se activan más allá de nuestro control, y no tenemos otra alternativa que aprender a vivir en lo impredecible, intuyendo la esencia que no muere más allá de la forma.
Del azul infinito de los mares fríos y oleaje abrupto, de olas que nacen y mueren a cada minuto y de la inmensidad oceánica que a pesar del cambio, permanece. Mares que nos hablan del pulso de la vida, hacia adentro y hacia fuera, equilibrio entre introspección y acción que se manifiesta en toda existencia armónica.
De los desiertos, tesoro de inmensidad y vacío donde descansa el espíritu, donde cada día el sol enciende el color de los cerros y cada noche el cielo estrellado toca a la tierra.
De bosques donde convive y se recicla la diversidad vegetal y podemos disfrutar de la música de los pájaros, y sentir la presencia de los espíritus. Bosques que nos hablan de integración, de aceptación del otro, de solidaridad, de entrega de la propia savia como un regalo a todas las vidas que lo sustentan.
De hielos, fiordos, canales y pampas, donde el ser humano sólo se tiene a si mismo y su voz y su aliento en medio del viento.
Esta es nuestra tierra sagrada, la que olvidamos cada día entre nubes de smog y desencanto. Esta naturaleza es nuestro cuerpo y está aquí, esperando con paciencia de madre a que volvamos a verla y a agradecer cada día por su presencia. Una nación que pierde contacto con la raíz que la nutre va perdiendo la vida; si la escucháramos y reverenciáramos, podríamos levantarnos en la dignidad y la misión que nos corresponde. En estas tierras podríamos crear estilos de vida a contracorriente de las culturas individualistas y materialistas vigentes, aceptando nuestro destino creativo y necesariamente solidario, donde es posible incubar el germen de pensamientos de avanzada, de una humanidad viviendo desde otras visiones y fundamentos, puesto que estamos lejos de los centros de poder desde donde se nutre el paradigma vigente.
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Posteado por: Ricardo Peña y Lillo Valenzuela 19/07/2008 11:59 [ N° 1 ] |
Disfruto nuevamente de sus escritos. Esta vez, mi imaginación se llenó de gratos paisajes, colorido y naturaleza. Mi adrenalina fue subiendo y me sentí con un puño en alto junto al flamear de mi bandera, gritando ¡Vamos! ¡Me subo al carro! Sin embargo, la potencia de la poética motivadora, capaz de llegar al alma, se aterriza preguntando: ¿Cómo? ¿Cuál es el carro? La vez pasada, en su capítulo 5 estaba muy claro el rol de los valores morales y de la entrega desinteresada como motor de este proyecto. En este capítulo sugiere que nuestra condición de aislamiento geográfico es una ventaja en pro de una creatividad social auténtica, solidaria y de avanzada, diferente a “las culturas individualistas y materialistas vigentes” Sigo intrigado, esperando aterrizajes en los próximos capítulos. Tengo claro, que la fuente radica en la actitud de las personas, pero habrá formas de organizar y canalizar la educación, la economía, la sociedad, el urbanismo, hacia tales beneficios, que dudo serán tan nacionalistas en la actual realidad, en que el mundo entero está frente a nosotros, tras la pantalla y cualquier paradigma puede ser al instante universal. Ricardo Peña y Lillo V. |
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