Begoña Uranga
Sábado 19 de Julio de 2008
Mesa Y Mantel: Un té en el club house

Aunque a simple vista cuesta encontrar semejanzas, algo hay de verdad en que los chilenos son los ingleses de Sudamérica. Por lo menos en su amor al té: la segunda bebida más consumida en el mundo, después del agua, y de la que los ciudadanos de esta larga y angosta franja de tierra tomamos 600 gramos anuales per cápita.

Es cosa de detenerse frente a la sección respectiva de cualquier supermercado, para ver la cantidad y variedad de té que se ofrece y consume en Chile. De todo tipo y procedencia -chovinismos aparte-, las marcas nacionales son un orgullo y no destiñen en absoluto frente a los importados.
Dentro de la gama de los premium, la variedad Darjeeling es considerada como el champagne de los té negros. Especialmente apreciado por los ingleses, se cultiva a los pies de los Himalaya, entre los 1.000 y 2.500 metros y se obtienen tres cosechas al año.

Hace poco llegó a Chile esta variedad, de la marca Bigelow Tea, una de las empresas líderes en la industria del té en Estados Unidos. De aroma floral y sabor afrutado, se puede convertir en un vicio para los amantes de esta bebida.

Pero antes del té, se puede disfrutar de una buena comida en el restaurante Soil, del Club House de Valle Escondido, que tiene una vista espectacular a una cancha de golf entre cerros, rodeada de vegetación nativa.

En el camino al Arrayán, justo al llegar a Doña Tina, está la entrada a este recinto privado, pero cuyo restaurante recientemente se abrió al público.

En un ambiente luminoso y relajado, se puede probar la mano del joven chef Felipe Durán.
Una carta breve, precisa y bien elegida es una buena mezcla con toques “de casa”, platos light, mediterráneos y algún aire oriental. Seguramente se siguen los gustos de los socios, principales “parroquianos” del recinto.

Para compartir, unas machas a la parmesana y al pesto, deliciosas. Las empanaditas de queso camarón tenían el queso derretido, pero el calor no debe haber alcanzado para el camarón que llevaba dentro, que resultó frío. Una lástima, porque el sabor era muy bueno.

Mejor suerte tuvo el estofado de vacuno sobre puré de papas, ciboulette, merkén y jugo de cocción, sencillamente espectacular. Con más de seis horas de preparación, un plato sencillo y perfecto.
El risotto pirata, con camarones, ostiones y calamares, terminado con salsa de crustáceos y parmesano, prometía más de lo que resultó. Correcto, pero le faltaba carácter. El acaramelado de manzanas y helado de vainilla artesanal puso un buen punto final.

Buen servicio, carta de vinos y precios más que razonables. Una cocina un poco irregular en el nivel de sus platos, pero interesante y que merece la pena conocerse.

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