El hábito y el monje
Las habilidades, se ha dicho, pueden revertir sus virtudes facilitadoras y tentar convertirse en finalidades, supeditando los contenidos de una obra a su lenguaje y su factura. No son pocos los casos de artistas que no pueden liberarse de su virtuosismo salvo contadas ocasiones, en las cuales producen un efecto emocional que supera largamente el mero asombro al que remite el resto de su obra. Claudio Bravo, por ejemplo, no ha podido emular el recogimiento que logró alguna vez con sus géneros colgados, persistiendo majaderamente en ejercicios que sobrecogen sólo a una audiencia de percepción simplista. En otro plano, se da también el caso de artistas que, dominando una determinada técnica, la explotan asertivamente durante una trayectoria significativa, para descubrir tiempo después que cualquier intento de abrir una nueva línea expresiva está bloqueada por un atavismo cuya superación se les plantea empinadamente cuesta arriba. Es lo que se ha visto en la reciente muestra de César Gabler en la galería Moro, y en la que presenta actualmente en la galería Gabriela Mistral.
Gabler (1970) domina el lenguaje de la ilustración realista blanco y negro, vinculada a los libros épicos y al cómic, y ha logrado con ella una obra consistente, donde la fascinación por su rendimiento suele ser una zancadilla hacia el vértigo que deja al espectador confrontado por toda suerte de incertidumbres. En cambio, las pinturas en Moro y en Gabriela Mistral sólo evidencian el vértigo en el cual se debate su autor. Amén de la incongruencia entre ambas exposiciones, dentro de las pinturas en Gabriela Mistral hay también rudas contradicciones formales y de contenido. Dos bayaderas posando sin gracia, dos mujeres desnudas haciendo genuflexiones frente a una cueva, o dos personajes más enfrascados en algo que quisiera ser equívoco al paso de un vehículo, suman y siguen pistas sin destino evidente, con tratamientos pictóricos irresolutos a su vez. No obstante, como excepción a la regla, otras dos pinturas, la de los cazadores con la presa de rostro humano, y la que acompaña esta página, son obras cargadas de sugerencias, donde incluso la irregularidad de su manufactura es un aporte. Quizás la muestra debió empezar con estas obras, y con las que sigan después
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