Ascanio Cavallo
Sábado 16 de Agosto de 2008
Cine: "El pejesapo"

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La primera vez que vi El pejesapo, me sentí agredido por su “suciedad” fílmica: cuando una mosca camina por el lente, igual que cuando lo mancha un cuarterón de sangre en Salvando al soldado Ryan, uno tiene derecho a pensar que le están tomando el pelo. Anda mucho cineasta por el mundo filmando con los tics de la desprolijidad para esconder tras ellos la ñoñería y la falta de ideas.

Pero en los días siguientes no pude desprenderme de varias de sus imágenes (¡la tormenta de relámpagos al fondo de la resucitación!). La he visto muchas veces más, en distintos formatos. En la pantalla grande es donde sale peor parada. Pero, por el otro lado, no es TV; es cine, puro y duro. Otra de las paradojas de esta película ultrabarata.

El protagonista es Daniel SS (Héctor Silva), un hombre que ha intentado suicidarse en el río Maipo y que interpreta su salvamento como “una segunda oportunidad”. Pero esto es un sarcasmo: Daniel, un ex preso, un estigma, un arrojado del sistema (y del río), un perfecto flaite, obviamente no tendrá segunda oportunidad.

Tampoco la busca tanto. Daniel es también (o sobre todo) un agente provocador, un ángel flaite destinado a deambular revelando. La trama no existe; es un conjunto de viñetas en las que Daniel va afectando a gente de los bordes: un par de ancianos dementes; una joven desquiciada; una esposa con las secuelas de una parálisis cerebral; un travesti; unos falsos mapuches. El cineasta difumina la cronología. Daniel tiene tantas historias, que no tiene ninguna. Y tantas disposiciones psicológicas, que no tiene psicología (o sólo una de la simulación, como sugiere la escena de sexo con el travesti). Nunca se llega a saber qué siente este a veces penoso perdedor, a veces cruel cínico. Ninguna otra película había llevado al flaite a este nivel de abstracción.

El pejesapo trata de los bordes de la sociedad, pero unos bordes que también están en su centro (¡incluso en su centro cívico!): un Santiago de noches frías, luces mortecinas, gente que camina por los sitios baldíos de las poblaciones. Describir este mundo como “marginalidad” es un despropósito; la sola palabra adquiere una connotación política odiosa. El pejesapo se mete con los desechos sociales, unos desechos que se niegan a ser expulsados, que renacen o resucitan porque, aunque no crean el futuro colectivo, sí fundan su pasado.

Mantengo mi impresión de que es una película que exagera su “suciedad”. También mi duda sobre la licitud ética de usar personas reales para mostrar su propio daño psicológico o social. Ahora que comienza la anunciada ola de películas nacionales, es probable que El pejesapo permanezca en los bordes, fiel a su vocación flaite.

Pero es de lo más relevante que ha ocurrido en el cine chileno en harto tiempo.

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