Mario Fonseca
Sábado 20 de Septiembre de 2008
Arte: Dos fotógrafos nacionales


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Autores incomparables

La fotografía se nos viene encima con la tercera bienal FotoAmérica, enfatizando su presencia ya habitual en el circuito público de salas institucionales y revirtiendo la siempre escasa en el círculo privado de galerías de arte. Una semana atrás se comentó en este espacio la muestra de 16 fotógrafos españoles cuya diversidad constituía, a su modo, una unidad, y ahora les toca a dos autores nacionales que, por el contrario, resultan incomparables entre sí si no es por sus divergencias. Y esto más allá de las diferencias de contenidos y lenguaje de ambos, pues las distancias se abren en el terreno de los propósitos y los resultados, de la orientación y la calidad autoral.

En la sala del Instituto Profesional Arcos, entidad de solvente trayectoria en la formación de fotógrafos de ascendencia tradicional mas no necesariamente conservadora, se presentan los polípticos a color de Alberto Lagos, sugiriendo una apertura hacia fronteras poco tiempo atrás más cauteladas. A manera de mosaicos, Lagos acopia imágenes de series afines relacionadas con el mar y más bien la playa, intentando desarticular lecturas que inevitablemente se devuelven hacia el lugar común del cielo azul, la gaviota blanca y la arena dorada. Algunos intentos de excepción dejan vislumbrar un lobo marino varado, por ejemplo, cuyo cuerpo no obstante es disminuido en el afán de desplegar las ondulaciones de la arena, o un tarro abandonado en un pastizal que de pronto es mermado por la preeminencia del gran detalle del alambre de púas de siempre. Más aún, el atractivo políptico de unos pescados destripados empleado en el afiche y un gran lienzo en la entrada no existe sino en estos elementos promocionales, y en unas pocas imágenes que se desvanecen al paso inexorable de un powerpoint.

Por su parte, en la galería 211, lugar donde el énfasis tradicional es reafirmado por exposiciones de fotografía eminentemente conservadora, Jorge Rojas, autor chileno avecindado en Bélgica, documenta en blanco y negro la vida cotidiana de dos hermanos campesinos franceses, en un registro cuya sencillez y cariño, amén de la calidad del oficio análogo, reivindican los atributos de una forma de vida en extinción a la vez que corroboran la sensibilidad incólume de la fotografía clásica.

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