
En los primeros fotogramas de esta película, unos pies descalzos se alternan con las imágenes de lo que parece ser un fondo oceánico, pero que también podría ser el ambiente del líquido amniótico. Fuera de esta críptica pista, en los siguientes 30 minutos cuesta mucho saber lo que está pasando.
El biólogo argentino Kraken (Ricardo Darín) y su esposa Suli (Valeria Bertucelli) han invitado a su refugio en Uruguay al cirujano Ramiro (Germán Palacios) y su esposa Erika (Carolina Pelleritti) para que decidan si su adolescente hija Álex (Inés Efron) puede ser operada. Aunque no son ellos, sino su hijo Álvaro (Martín Piroyanski) quien establece las relaciones más cercanas con la arisca Álex.
Nunca llega a quedar clara la razón de la hostilidad del biólogo Kraken hacia el cirujano Ramiro, y menos todavía por qué este último la tolera. Tampoco es precisa la razón por la cual el cirujano está en la casa uruguaya, ni por qué su hijo adolescente lo acompaña en lo que parece ser un estudio profesional.
Pero Ramiro y su hijo Álvaro son notablemente instrumentales para la historia principal. Alex padece una anormalidad sexual, y sus padres sufren por ello. El imberbe Álvaro no tiene ninguna anormalidad aparente, y sus padres viven tranquilos con eso. Los padres de Álvaro son enfáticos para decirles a los de Alex que intervengan pronto en su problema. Su asertividad es parte de su seguridad. Pero, al fin de todo, no tienen idea de lo que vive su propio hijo en el plano sexual.
Más que un personaje, Álvaro parece una función: está allí para decirnos que, en esa etapa de la individuación sexual que es la adolescencia, no hay normalidad ni anormalidad, sino sólo búsqueda. Es una manera más que tortuosa de enfrentarse al caso con el que trata XXY. Pero de eso va esta película, que incluso ensaya una voltereta algo peor en cuanto a truculencia: una conversación “de hombre a hombre” con un gasolinero que se cambió de sexo.
Por todo lo recatada que es visualmente esta ópera prima de Lucía Puenzo, hija del buen cineasta argentino Luis Puenzo, es al mismo tiempo narrativamente destemplada, sobrecargada de artificio y de diseño.
Pero ese estilo visual sobrio, casi ascético, la obliga por momentos a salirse de su tesis, y allí ocurre lo mejor; cuando confronta a padres y madres con hijos e hijas, a amigos con amigas y a jóvenes con jóvenes, en la minucia, en lo doméstico, es donde aparecen los conflictos realmente sugerentes, aquellos que tienen que ver con el miedo de ser padres y con la dificultad de ser hijos.
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Posteado por: Carlos Correa Acuña 20/09/2008 11:30 [ N° 1 ] |
XXY Este film de Lucía Puenzo es fuerte. Tanto la temática sobre el hermafroditismo como la relación entre los personajes que se ven enfrentados e involucrados en esta historia hacen que la narración sea difícil de seguir. Alex - Inés Efron, una actriz muy sólida en emoción, interpretación y construcción de su personaje, es una chica de 15 años que vive con sus padres ( Kraken - Ricardo Darín - y Suli - Valeria Bertuccelli - ) en un lugar oculto del mundo en la costa Uruguaya. Alex tiene un secreto guardado y aquello la hace ser especial, distinta. Sufre por ello, vive en permanente estado de confusión y la relación con sus padres es cercana a cero. Esta pequeña familia es visitada por otra familia: Ramiro - Germán Palacios -, su esposa Erika - Carolina Pelleritti - y su hijo Álvaro - Martín Piroyanski. Ellos llegan a la casa de Alex sin razón de fondo aparente al comienzo del relato. Claramente la profesión de cirujano de Ramiro se entiende como el punto de inflexión en la situación de confusión que también viven los padres de Alex. El film es confuso. Hay mucha soledad en todos los personajes. Diría incluso que es una soledad depresiva. Sólo Alex se escapa en algo en ese sentido, ya que sin mayores tapujos y prejuicios comienza a interactuar con Alvaro con preguntas que al comienzo le descolocan pero que luego se vuelven tremendamente atractivas y permiten que sea esa relación la que soporte el peso dramático de la narración. |
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Posteado por: Carlos Correa Acuña 20/09/2008 11:31 [ N° 2 ] |
El deambular de los personajes, la idefinición, la inacción y la búsqueda permanente de un "algo" nada de claro es lo que conlleva la médula del relato. Ello lo hace tenso, impreciso, pero al mismo tiempo interesante desde el punto de vista del descubrimiento y tratamiento de un tema explorado, en este caso, con total crudeza y realismo en la pantalla grande. La película da para meditar. Permite por momentos involucrarse en los roles que están planteados: padres e hijos. Involucrarse también en las definiciones y exploraciones sexuales de los hijos, los sentimientos producto de aquello y la libertad de acción, además del trascendente rol parental que subyace inherente a todas estas temáticas. Carlos Correa Acuña |
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