
El primer dieciocho, así con letras y no con números, se celebró en todas las ciudades del Reyno el propio año de 1810. Claro que no se celebraba la Independencia sino el cambio de gobierno, como era la tradición hacerlo, con sus rituales religiosos y civiles y sus fiestas populares. Eso sí, no se celebró el mismo día, porque las comunicaciones dependían de la distancia y hubo fiesta en cada ciudad en la medida en que iba llegando un propio a caballo con la noticia. Después ya fue una fiesta anual y simultánea, cívica en un sentido nuevo, porque recordaba año tras año la única fecha que no pertenecía al calendario religioso y que inauguró, desde entonces y hasta hoy, el calendario republicano.
Su éxito ha sido rotundo. Es cierto que es el tipo de fiesta que los intelectuales miran con cierto desdén analítico y que no es de buen gusto académico incorporar a las dimensiones del estudio de la identidad nacional. Cuando estudiantes, periodistas o analistas se preguntan por este tema, se suele partir del supuesto de que nuestra identidad nacional es débil, de que no sabemos qué es “lo chileno”, que vivimos copiando lo extranjero y que nos cuesta sentir algo como propio. Un par de empanadas y unas fondas no ameritan ningún estatus antropológico. Y qué tema más difícil de abordar éste de la identidad nacional, porque admite todos los lugares comunes a gusto del consumidor. Para nacionalistas y críticos sociales convencionales, es terreno abonado para probar la tesis que se quiera. Las encuestas dan algunas pistas. Recuerdo una del PNUD hace algunos años, que señalaba que el 48 por ciento no sabía qué era “lo chileno” ni le importaba. Eso fue interpretado por algunos como una debilidad en los lazos societarios. La encuesta Bicentenario de la Universidad Católica decía, el año pasado, que la nacionalidad era para la enorme mayoría de la población una pertenencia mucho más relevante que ser latinoamericano o ser de tal región, ciudad o comuna. La gran mayoría decía estar orgulloso de ser chileno y consideraba que vivir en este país era mejor que en cualquier otro de la región. Con enorme sensatez, la mitad emigraría si tuviera seguridad de mejores condiciones de vida en otra parte.
Sean cuales fueren las cifras, no se puede interpretar lo societario como sinónimo de lo nacional, especialmente en un caso como Chile.
A lo largo de nuestra historia –y ello sí parece consistente con las encuestas– ser chileno ha sido una dimensión menos problemática que otras. Ser chileno es, en oposición a otra pertenencia nacional, habitar un territorio jurídicamente soberano. No se refiere a la posición que se tenga dentro de la sociedad. Ello parece de perogrullo, pero no lo es, puesto que en otras sociedades la nacionalidad ha sido fuente de dolores, conflicto y violencia. Los ejemplos son demasiados para tener siquiera que recordarlos. El nacionalismo en el siglo XIX fue considerado un movimiento libertario y liberal en Europa, en contra de monarquías o imperios avasalladores de las particularidades étnicas y políticas. En el siglo XX, si no antes, el nacionalismo mostró su rostro más brutal de violencia, a veces identificado con el racismo, con el cual se justificaron verdaderos genocidios. En fin, recientemente, para sorpresa de todos, resurgió un nacionalismo reprimido por los estados centrales en el mundo comunista. Las preguntas sobre la nacionalidad hechas en Palestina o Israel, donde la vida entera ha estado marcada por el asentamiento territorial, deben ser bien distintas. Para nosotros ser chileno no ha sido un elemento central de conflicto.
La construcción territorial de la nación se hizo lentamente a la lo largo del XIX y la expansión del territorio fue traumática por la guerra contra los vecinos. Sin embargo, no hubo en las provincias del norte graves problemas de asimilación a la nacionalidad chilena. El mayor problema estuvo y ha estado en la incorporación del pueblo mapuche luego de la ocupación de la Araucanía. Ese sí ha sido un conflicto que por muchos años la gran mayoría creía que era un tema que incumbía sólo a ellos y al Estado, pero que hoy a todas vistas es un problema nacional no resuelto.
Para el resto de la población, ayer y hoy, la nacionalidad ha sido un equipaje liviano, que, por lo mismo, podemos dotar de significados cambiantes sin que signifique mayor trauma. Ello nos ha librado de nacionalismos exacerbados que han tratado de ocupar un lugar central, pero que han sido finalmente minoritarios. No estamos exentos de ese peligro, ninguna nación lo está porque el nacionalismo ha probado ser un sentimiento muy fácil de azuzar cuando los conflictos internos no encuentran sus propios cauces de resolución.
En este sentido, el clima dieciochero, tan alegre, festivo y primaveral, puede ser expresión de un patrimonio invisible que a muchos parece débil y anodino pero que, sin embargo, en esa debilidad reside su fortaleza. Ser chileno es apenas una condición azarosa de ser humano. Nada más. Los estados nacionales no tienen mucho más de doscientos años y no sabemos cuánto más durarán, pero desde 1810 Chile ha sido la forma más inmediata de vivir valores y proyectos, injusticias e inclemencias, entre los habitantes de un territorio que la naturaleza diseñó y que la historia construyó.
No sé si es buena o mala. Sólo es nuestra.
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Posteado por: Jose Manuel Guzman Nuñez 20/09/2008 13:50 [ N° 1 ] |
sol serrano tiene toda la Razon los chilenos no tenemos cultura nacionalista somos una mezcla rara y no respetamos nuestros valores patrio somos copiones somos locos por los cubanos de fidel por guevara que es argentino en los defiles por las calles solo destruyen lo que es nuestro la bandera nacional es pisoteada por vandalos marxistas los monumentos de hombres que lucharon por nuestra libertad son mal tratados los ocupan de letrinas en el fondo son unos mal nacido que esperan esta fiestas para emborracharce y bailar cumbias |
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Posteado por: Irmela Eckermann Ludwig 20/09/2008 22:35 [ N° 2 ] |
Si, no es buena ni mala solo tan liviana, y acomodaticia como nuestra memoria frágil o ¿será que realmente solo el Chicho Allende es un Gran Chileno en medio de la jarana dieciochera? |
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Posteado por: Paul Alonso Aliaga Osorio 19/10/2008 21:15 [ N° 3 ] |
Que el chileno de ascestros picunche no tenga clara su nacionalidad, carece de importancia. El núcleo de los que tienen claro que es ser chileno, se mantiene intacto. Basta con esta masa crítica, es suficiente. Ya ha quedado suficientemente claro en cada una de las situaciones límite que nuestra patria ha debido enfrentar. Lo siento por los que promueven todo tipo de ideas decadentes y debilitantes de la nacionalidad. |
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Posteado por: Natalia Solar Vargas 06/11/2008 15:23 [ N° 4 ] |
No pretendo hacer un análisis de tu columna, sólo decir que de mi experiencia, me he dado cuenta de lo nacionalista que soy después de vivir un año fuera de Chile, y de saltar de emoción cada vez que veía algo que remotamente me acordara de mi tierra, o cuando me llegaba una encomienda con una bolsa de dulce de membrillo. |
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