Mario Fonseca
Sábado 25 de Octubre de 2008
Arte: El retorno de Victoria Calleja


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Entender la partida

Al despuntar los 80, la pintura en Chile se vio remecida por una manifiesta intolerancia hacia sus soportes, medios y lenguajes, proveniente de las vanguardias conceptuales surgidas, si bien involuntariamente, al alero de la dictadura. Los jóvenes egresados de la Escuela de Bellas Artes de entonces, hábiles en el oficio, talentosos en la idea y cargados de energía emocional, fueron dándose de narices contra la indiferencia de sus pares monocromos, intelectualizados y crípticos en sus afectos. Mucha agua pasó bajo los puentes antes que pintores como Bororo, Benmayor o Frigerio lograran el reconocimiento local, o Tacla, después de obtener el internacional, quedando otros en el camino. Victoria Calleja, una artista de aquella promoción de 1980, emigró a Madrid y siguió más tarde a Bruselas, perdiéndose de nuestros horizontes egoístas hasta que, 27 años después, está cerrando una importante muestra de su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Calleja (1958) exhibe tres conjuntos de trabajos recientes, efectuados con técnicas que le permiten expresar las escisiones cotidianas en un entorno que va más allá del inmediato, abarcando espacios sugeridos por la distancia y el tiempo de su migración. Sus breves acuarelas con protagonistas por lo general acosados liberan el albedrío de su materialidad de agua y pigmento para enfatizar el drama de las escenas. Sus pinturas, en cambio, de gran formato, relatan capa a capa acontecimientos imprecisos cuyo desenlace permanece en suspenso, ocupando distintos lenguajes para cada plano, sea un realismo cabal, intensas aplicaciones de color o manchas pulverizadas, desollando y vendando sucesivamente las diferentes instancias hasta terminar de confundir la lectura. Como una metáfora de los transcursos esenciales de la autora, desde su lejana partida hasta su regreso para entenderla, estas telas despliegan testimonios de lo imponderable en la vida contemporánea. El tercer grupo de obras corresponde a esculturas de última factura, figuras humanas recubiertas de agujas de diversa índole, cuya exhibición parece extemporánea pues carecen de la decantación que le confiere solvencia a sus acuarelas y pinturas. Es así que de los ejercicios expuestos sólo prevalece la fuerza de sus cabezas a escala real y con nombre, postergando largamente los demás.

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