Eugenia Weinstein
Sábado 15 de Noviembre de 2008
Viudos

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Perder al compañero de la vida es una experiencias devastadora. Quién recién enviuda queda perplejo, asustado y sumido en la desolación. Sobrepasado por sentimientos de dolor y pérdida, se le hace insoportable concebir el resto de su vida sin el ser querido.

La reacción inicial es de shock, y si la muerte es inesperada, el estado de conmoción puede ser aún más agudo. Tanto, que la persona queda como anestesiada, disociada. Momentos de llanto desconsolado se alternan con otros de total autocontrol, como si no se sintiera nada. Hay una sensación de incredulidad, no poder creer que el otro ya no volverá más, que ya no se es más parte de un “nosotros” y que la vida nunca será igual. Es tanto lo que se ha compartido en común –hijos, hogar, amigos, familia, intimidad, secretos– que las emociones tienden a entumecerse como para que transcurra el suficiente tiempo hasta poder absorber completamente la catastrófica verdad. La compañía frecuente, las llamadas continuas de familiares y cercanos y el conjunto de tareas prácticas que deja la viudez distraen en algo la tristeza. A pesar de que la persona está convencida de que su dolor no pasará jamás, ni visualiza un futuro para sí mismo, o ya no tiene apetito, o siente que no soporta más el sufrimiento y la angustia, o no logra conciliar el sueño, o se enferma físicamente, a pesar de todo, se sobrevive.

Pero lo peor del duelo viene después, cuando poco a poco vuelve la rutina; la compañía y las llamadas se van reduciendo y todo vuelve a la normalidad. Entonces, la soledad y el vacío se instalan en el centro del alma. Todo lo que se emprende, cada actividad, cada pequeña tarea antes realizada en conjunto, trae recuerdos y muestra la dimensión de la ausencia. Ya no se pueden compartir las decisiones, ni las penas, ni las bromas, ni los besos. Ya no está quién tome las manos, ni consuele, ni discuta, ni apoye, ni se enoje. Se hace necesario acostumbrarse a vivir solo, a salir solo, a dormir solo, a llorar solo. Se ha perdido al testigo cotidiano, al cómplice, al único que sabe las cosas nimias que pasan a diario y que no le importan a nadie más. Se le echa mucho de menos y la congoja, muchas veces, se vuelve un calvario. Se deben ir superando dolorosos trances, sacar la ropa de los armarios, borrar el nombre del celular, regalar pertenencias. Se siente impotencia, rabia, culpa, miedo y, por sobre todo, una infinita tristeza. Pero no hay atajos; el sufrimiento tiene su ritmo y se toma su tiempo. No queda más que llorar la pena y dejar que el duelo siga su curso.

Usted que se ha quedado viudo, y desgarrado, ha sentido morir una parte suya junto a su amado, no decaiga. Permítase vivir su aflicción con toda profundidad, porque sólo usted sabe cuánto pesan la soledad, la añoranza y la melancolía. Cuando se sufre lo indecible, es necesario compartir el dolor, expresarlo, conversarlo y, si es el caso , pedir ayuda. Con todo, llegará el momento en que el dolor, silenciosa y lentamente, se volverá más manso y afable. Ya no tendrá que luchar contra él, a brazo partido, cotidianamente. Incluso, de a poco, también iniciarán su retorno el humor y la risa. Seguirá extrañando a su pareja, sin embargo predominará el consuelo y los recuerdos sin llanto. Habrá recaídas, pero con su entereza serán superables. La vida adquirirá nuevamente sentido y serán posibles, otra vez, proyectos para un futuro viable. Por eso, a usted que está convencido de que la nostalgia y el desconsuelo durarán para siempre, sólo le pido una cosa: confianza.

2 Comentarios publicados
Posteado por:
Klaus Badgiven Macdorff
15/11/2008 11:09
[ N° 1 ]

Estimada Eugenia:

La partida del cónyuge desgarra el alma. El dolor es infinito. Quienes somos religiosos nos refugiamos en Dios y le pedimos que acoja en su seno a nuestra esposa. Silenciosamente atravesamos por los dias tratando de explicarnos el porqué de la pérdida y nos percatamos de cuánto amábamos a esa persona. Al saber que nunca más estará con nosotros como que uno más la valora y echa de menos. Eso es el luto, el duelo. En sueños vienen los felices reencuentros, un bálsamo para el espíritu. Perdí a mi esposa por el cancer; al tiempo, me visitó en sueños lo que trajo muchísima paz a mi vida. Fué la despedida definitiva, hasta que me toque el turno de abandonar el cuerpo y reencontrarnos. Dios es tan infinitamente misericordioso que no ceso en agradecerle a cada momento por todo lo sucedido, cosas buenas y malas, que sé que debo comprenderlas en un contexto que escapa al racionamiento humano, pertenecientes al ámbito divino.

Eugenia, usted es muy bella. Dios la proteja.

Posteado por:
Ma. Ivonne Orellana Escobar
15/11/2008 20:42
[ N° 2 ]

Estimada Eugenia,

El compañero de mi vida partió hace 45 días. Tres infartos masivos lo alejaron de mi lado. Al leer su columna esta mañana, cuando llegó el diario, se me recogió el corazón y las lágrimas corrieron incesantemente por mi rostro, como ha sucedido cada día desde que mi marido emprendió el viaje final. Pero esta vez el llanto era una mezcla de la tristeza, con la que convivo diaramente, y del consuelo de que alguién podía describir tan vividamente, lo que siento hoy.
Yo sólo sé que Dios quiere que me levante y vuelva a sonreir, que mis hijas están preocupadas por mí, que mi nieto me mira fijamente cuando me pregunta cuándo va a llegar Hernán (así lo llamaba) y que mis alumnos necesitan a la Miss Ivonne que los recibia con una sonrisa cada mañana. Hoy me cuesta sonreir, pero confío en que lo volveré a hacer. Y al leer su columna, entre las lágrimas, una pequeña lucecita se encendió en mi corazón y quiero con todas mis fuerzas que permanezca encendida, porque todo este tiempo he estado "anestesiada", como usted dice, viviendo desde lejos, escuchando desde lejos, pérdida. Entonces, le quería decir "gracias". Gracias por escribir a todos aquéllos que estamos paralizados por el dolor de la pérdida de nuestro cómplice. Gracias por darnos un poquito de óxigeno para intentar no seguir respirando apenas, comiendo apenas, viviendo apenas.
La vida, sin el regalo más hermoso que Dios puso en mi camino, no volverá a ser la misma, pero la seguiré viviendo hasta que Él disponga de mí, porqué Él lo quiere así.

Cordialmente,

Ma. Ivonne Orellana

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