Mario Fonseca
Sábado 06 de Diciembre de 2008
Arte: Fotografía latinoamericana


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El entorno, la gente, y algunos acontecimientos

Social y culturalmente, nuestro continente latinoamericano cobra su identidad en intensos acontecimientos marginales protagonizados hasta la anodinia, de tal modo que una fotografía regional, sea urbana o rural, de registro o ficcional, no puede sustraerse de la impronta simultánea de drama e indiferencia que acompaña el devenir de la gente y su entorno. En esta visión caben por igual la pobreza y la riqueza, la enfermedad y la salud, la justicia y la impunidad, más una que otra expectativa y la fatalidad de cada día. Observándose a sí misma o documentando un territorio en tránsito, nuestra denominación de origen no varía mayormente, como se puede constatar en las muestras “Sutil Violento” en el Museo Nacional de Bellas Artes, y “Madrid Mirada” en el Museo de Artes Visuales.
La primera congrega a veinte fotógrafos de una decena de países, donde los cuchillos carcelarios de Milagros de la Torre reportan un peligro menor que las armas de fuego hogareñas de Ananké Assef, o los perros de sangre de Miguel Río Branco pueden ser tan feroces como los niños que destripan muñecos de papel en los cumpleaños que recorre Rodolfo Walsh. Acá las lágrimas se secaron hace mucho tiempo y si hay alguna sonrisa, ésta sólo puede ser irónica, como la de las muertes por depilación o por algodón dulce fabuladas por Daniela Edburg. En la muestra de Madrid, catorce fotógrafos de igual número de países documentan la ciudad desde sus miradas inmigrantes –venidas de los territorios que dieron sustento a esta madre patria que hoy exprime su ingreso–, seccionando fragmentos que les son pertinentes y, de algún modo, exclusivos. Los edificios, paradigma de un progreso ansioso, son un foco de atención tocando el cielo (Jonathan Harker), negando el paso (Tomás Ochoa), esfumándose en la luz (Luis Paredes), o asomando tras un follaje inequívoco por más que metafórico (Alexander Apóstol). Así pasan también las gentes otras –otras como el propio fotógrafo–, por la calle o en el metro, o en los reflejos evocativos y pudorosos de Sandra Boulanger. Su pudor se asemeja al de Luis González Palma, quien observa de noche y tras unas mirillas los vestigios de la cultura finalmente frágil que quisimos emular, así como Milagros de la Torre, aquí de nuevo, cita los vestigios de un dictador que también quisimos nuestro.

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