
Esta película es una co-producción germano-estadounidense. La dirige un cineasta alemán, con guión de un portorriqueño, un protagonista norteamericano y locaciones y personajes mexicanos, polacos y rusos. Esta torre de Babel puede ser apropiada para una cinta que trata precisamente del tráfico transfronterizo de personas o, más en sencillo, del secuestro y la venta internacional de seres humanos con fines sexuales.
La historia arranca en Ciudad de México, donde Adriana (Paulina Gaitán), una niña de 13 años, es secuestrada al amanecer por una banda rusa de alcances globales. Su hermano, el delincuente juvenil Jorge (César Ramos), persigue a los captores en sus intentos de cruzar la frontera de Estados Unidos, hasta que, ya sin recursos, se encuentra con un policía de Texas, Ray Sheridan (Kevin Kline), que anda en una búsqueda particular de la misma banda. Los motivos de Ray son oscuros en gran parte del metraje, y se vuelven aun más oscuros cuando los explica.
En Crimen sin perdón no hay matices. Los malos, empezando por el lascivo Vadim (Pavel Lychnikoff) y terminando en el violento Manuelo (Marco Pérez), son malos sin remisión, despiadados e inmorales. Los buenos son inocentes, como la niña Adriana o la joven polaca Verónica (Alicja Bachieda-Curus), o sobrellevan pecadillos más bien menores, como los asaltos a mano armada de Jorge o el adulterio con largas consecuencias de Ray. Al lado de los rusos, estas son tonterías, nos dice la película.
El director Marco Kreuzpaintner parece especialmente interesado en mostrar el sufrimiento de los inocentes en paralelo con la road movie que protagonizan Jorge y Ray. Es la estructura del “rescate de último minuto” que hizo la gloria de D.W. Griffith, el fundador del cine narrativo… ¡sólo que hace cien años!
Hay, en efecto, un raro aire de anacronismo mezclado con modernidad en esta cinta: mientras nadie tiene celulares, la subasta de secuestrados se realiza a través de sofisticadas redes de internet; mientras la policía sigue los pasos de la red sexófila, ella parece inabordable por la diversidad de países en que opera. Filmado todo esto con las manías publicitarias de los 90 (diversas velocidades, feroces acercamientos, montaje descuidado), emerge una textura de aficionado que no parece situarse a la altura de lo que filma.
El problema de las películas tan desaforadamente bienintencionadas, con tanto ánimo denunciatorio y tanta conspiración en contra, es que obligan a preguntarse por la moral que las moviliza. ¿Cuál es la moral que hay detrás de buenos tan buenos y malos tan malos? ¿Cuál es la moral que absuelve a los protagonistas sólo por enfrentarse a un negocio vil? ¿Cuál es la moral que sustenta la historia? Después de ver el final, es obligatorio hacerse estas preguntas.
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