Guillermo Cabrera Infante es uno de los grandes escritores cubanos, aunque a muchos les moleste su decidido anticastrismo (que no fue desde la primera hora, alcanzó a representar a Cuba en Francia, como embajador de la revolución) o su florido estilo, donde la pasión por los retruécanos, las rimas, los juegos de palabras, la invención de anglicismos, junto al mar de citas tomadas ya sea de la literatura clásica o del cine (de Hollywood, especialmente), da a sus libros una textura única, abigarrada, festiva, que puede ser tanto el sello de un manejo único de las posibilidades expresivas de la lengua como un enervante ejercicio de cultivo de formas que se agotan en la forma. Para emular a Cabrera Infante en una rima no agraviante. En fin, esa manera de construir relatos dio al menos dos obras reconocidas como maestras casi sin discusión, Tres tristes tigres (1964) y La Habana para un infante difunto (1979), además de cuentos e innumerables ensayos de registro muy variado, pero siempre, con la marca característica del florido estilo del autor. Cabrera murió en 2005 y, conforme a lo que dictaba el rumor, estaba embarcado en la escritura de otra novela que podía sumarse a su ciclo habanero. Efectivamente, había una novela. Y más, según se dice en el ámbito editorial, pero hay que partir por ésta, que retoma sus grandes temas y, en ese sentido, por cierto que entronca y se conecta con su obra anterior. El protagonista es un crítico de cine habanero, exuberante en el lenguaje, con la réplica culta-culturosa a flor de piel, parlanchín como personaje de Cabrera Infante; y su contraparte es la ninfa a que alude el título, Estela-Stela-Estrella -Estelita, para resumir-, una rubita menuda que dan ganas de calificar de tonta, pero que seguramente no lo es, aunque parece, por su tremenda resistencia a entender el retorcido humor del crítico que la asedia con un torrente de palabras. Entre ambos, en sus ires y venires, se despliega La Habana de los cincuenta, retratada en sus hitos urbanos, en su despliegue lingüístico y en el soterrado papel de la política bajo la dictadura de Batista. Y se despliega también el juego de la memoria, el modo en que Cabrera Infante, más allá de su (casi irrefrenable) incontinencia verbal, muestra el hilo más profundo de su obra, el paciente y doble trabajo de recordar y de reinventar lo vivido. Podrá parecer un exceso de sutileza, pero nadie lo expresa mejor que el autor: “Como soy yo el que escribe estas páginas (y obviamente no ella) es que trato de recobrarla. No sólo en la memoria (no he dejado de recordarla nunca) sino en mis memorias. Ella es un cuerpo divino pero también un fantasma que ronda mis recuerdos”. Fantasma que se encarna en esta novela, personaje ambivalente y enigmático, que tiene mucho más recursos de los que aparenta, que es más que una excusa para desencadenar los recuerdos, más que una galleta remojada en el té.
Galaxia Gutenberg,
Barcelona, 2008.
283 páginas.
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