Ascanio Cavallo
Sábado 17 de Enero de 2009
Cine: Escondidos


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Una tragedia disfrazada de comedia. Como la mayor parte del gran cine británico, esta película se juega en el understatement, en lo que no se dice pero se entiende, en lo que se desliza entre líneas (y aquí, entre planos y secuencias), en lo que simplemente no puede ser explícito porque: a) es muy ridículo, b) es muy tremendo o c) es ambas cosas a la vez. Escondidos se mueve en las fronteras lábiles de la farsa y la desgracia.

Y se mueve muy bien. Su director, Martin McDonagh, un respetado autor de teatro inglés, ya había mostrado este talento en el extraordinario corto Six shooter (2004), acerca de un hombre viudo que comparte sus dolores con varios desconocidos en un tren. Como aquellos, los protagonistas de Escondidos son irlandeses y proceden de la clase trabajadora.

Sólo que aquí el trabajo es singular: el veterano Ken (Brendan Gleeson, siempre extraordinario) y el joven Ray (Colin Farrell) son asesinos a sueldo que trabajan para el poderoso Harry Waters (Ralph Fiennes). El relato comienza in media res, cuando ya todo está en curso, con el tipo de voz en off que usaba con atmosférica precisión el cine negro clásico y que resume el clima moral en un par de líneas: “Después de matarlos tiré las armas en el Támesis, me lavé las manos en el baño de un Burger King y me fui a casa caminando a esperar instrucciones…”.

La orden es ocultarse en Brujas, “la ciudad medieval mejor conservada de Bélgica”, según descubre con entusiasmo Ken, dispuesto a dedicarse al turismo. Para el imberbe e hiperkinético Ray, en cambio, este lugar es un “maldito hoyo” en el que no desea gastar más de unos días. El caso es que están allí por su culpa: en el curso del asesinato de un sacerdote, Ray ha matado por accidente a un niño, algo que está fuera de los límites del oficio.

Esa es sólo la premisa de Escondidos. El desarrollo depara una sorpresa tras otra, mientras agrega personajes y referencias (Don’t look now, de Nicholas Roeg; Sombras del mal, de Welles; El juicio final y El jardín de las delicias, de El Bosco), que incrementan no sólo la ambigüedad de la historia, sino especialmente la densidad de las disyuntivas éticas en que se hunden los protagonistas. Mientras cada nuevo detalle adquiere su sentido, el relato se va desplegando como una poderosa fábula moral.
No es frecuente que una película avance con tanta soltura por un clima y unas situaciones en que el espectador no sabe si despreciar a los personajes o reírse de ellos. McDonagh, sin embargo, parece tenerlo siempre claro: él los quiere, y se muestra dispuesto a enseñarnos a quererlos. Aunque estén metidos en una de las formas del infierno que con tanta fuerza evocan las pinturas flamencas. O, más bien, precisamente por eso.

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