Mario Fonseca
Sábado 24 de Enero de 2009
Arte: Dos artistas desde la sensualidad


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Ejercicios del tacto

Como sucede a su manera con el cuerpo masculino, el cuerpo femenino posee atributos significativos que permiten metaforizar conceptos de un modo más sutil que la evidencia para, cuando la obra está bien resuelta, calar más profundo que ella. Convergen en la calle José Manuel Infante dos artistas de intereses y trayectoria bastante diversas que no obstante coinciden en ocupar, en este paralelo de sus respectivas propuestas, su propio cuerpo como elemento protagónico. Mientras Ximena Zomosa en la galería de Florencia Loewenthal exhibe lámparas que utilizan su cabello (y el de su hija y el de una peluca), en Die Ecke Michelle Letelier desplaza un dedo de uña esmaltada sobre las rugosidades de un trozo de carbón. Ambas aplicaciones corporales conllevan una fuerte carga de sensualidad que incrementa la tensión frente a la función de su cometido, en un caso una suerte de despojo y en el otro cierta entrega perversa.

Letelier alude en su obra, constituida por tres videos y un dibujo de grandes formatos, a la explotación del carbón en Alemania, donde actualmente reside, planteando la ambigüedad frente a este mineral de alto aporte calórico y a la vez uno de los mayores contaminantes del planeta. La autora parece coquetear seductoramente al acariciar la barra rugosa de carbón, pero al mismo tiempo sabemos, por el sonido áspero y hostil, que estas rugosidades le están raspando la yema del dedo, acusando de este modo la relación costo-beneficio del placer. Zomosa, autora de trabajos de fuerte inquisición social desde lo femenino, presenta una instalación más íntima, evocativa de la decoración del hogar, con tres lámparas de lágrimas cuyas cuentas de vidrio han sido reemplazadas por cabello femenino, y un rectángulo de papel mural pintado a mano que enmarca una pantalla mínima donde un video muestra el proceso del corte del cabello. Se trata de una sensible alusión a las entregas de la mujer a su entorno inmediato y a los suyos, pero, al mismo tiempo, cuando inevitablemente se acarician los largos mechones o se intenta tocar el papel pintado a mano, surge la evidencia del esfuerzo y también del despojo que ello ha implicado para un género generoso por naturaleza.

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