
Almorzábamos los cuatro en nuestro taller de calle Holanda, la Coni, la Nancy, Pedro y yo, y en un momento les hice a ellos la misma pregunta que me habían lanzado un rato antes a mí en la radio: ¿qué es lo más excéntrico que has hecho en tu vida, lo más raro, lo más inusual? Tuve que pensar bastante frente al micrófono antes de contestar, porque de excéntrico no tengo nada, y al final recordé dos o tres anécdotas viajeras: la vez que comí lobo marino en Chiloé sin saber qué era eso tan grasiento y salado que me estaba echando a la boca, la vez que jugué rayuela en el estacionamiento de un hotel moscovita, la gloriosa semana en que recorrí buena parte de Cuba en un auto arrendado que a cada rato debía pasar por el taller mecánico para poder completar el circuito.
A la Coni Aliaga, notable artista textil, no le costó nada contestar: se rió y dijo que hubo un momento de su vida cuando jovencita en que se disfrazaba casi todos los días para divertirse con la reacción de la gente. Se disfrazó hasta de paca, y sentía que todo el mundo la miraba. La Nancy, apasionada bailaora de flamenco que teje como loca en sus ratos libres, se acordó de una vez en que hizo la mudanza completa de una casa en un bote a remo. Perdió la cuenta de la cantidad de viajes que tuvo que hacer de costa a costa para trasladar todos sus enseres en un solo día. Hasta hoy no olvida esa maratónica jornada.
Pedro, el noble conserje de nuestro taller en Holanda, hombre de pocas palabras, vendedor de bebidas y café en canchas de fútbol y recitales, escuchó atentamente el relato de la Coni y la Nancy, y se largó a contar su historia. Más que contar la mayor excentricidad de su vida, me pareció estar escuchando el relato de un episodio mágico e inolvidable para él: el día en que siendo un hombre adulto decidió subir un cerro, solo, para encumbrar el volantín gigante que tenía guardado hacía bastante tiempo, años. Alguna vez había quedado atrapado ese volantín en el techo de su casa, y desde entonces Pedro lo conservó esperando el momento preciso para subir al cerro con él. Un día de invierno llegó la hora de encumbrar el papalote. Preparado con un hilo especial, grueso, resistente, con el que se cosen zapatos, Pedro partió junto a su volantín al cerro Renca. Demoró, no recuerda muy bien, tres o cuatro horas en llegar a la cima. Fue una travesía silenciosa, jadeante, ansiosa. Pedro recuerda haber disfrutado como nadie esos momentos de juego y soledad en que el volantín hacía piruetas en el aire, subiendo y bajando. Habrá estado así media hora, una hora quizás, hasta que sin pensarlo lo soltó, soltó el volantín y dejó que se fuera, que se perdiera de vista en al aire, en un gesto de desprendimiento y magnífica libertad. Pedro había conservado con celo ese volantín para finalmente regalárselo al albur, al infinito, al final desconocido. Pedro no quería ese volantín para atesorarlo, para que formara parte de sus propiedades. La Coni, la Nancy y yo sentimos su emoción: Pedro nos acababa de contar una de sus mayores alegrías vividas sobre la Tierra, y nosotros habíamos sido testigos privilegiados de su relato.
Después de escuchar a Pedro me encerré a leer un libro de John Berger que se llama El tamaño de una bolsa. Son ensayos breves sobre pintores, sobre arte, en algunos casos acompañados de versos de Juan Gelman como éstos, del poema “Esperan”: “llegó la muerte con su recordación/ nosotros vamos a empezar otra vez/ la lucha/ otra vez vamos a empezar/ otra vez vamos a empezar nosotros/ contra la gran derrota del mundo/ compañeritos que no terminan/ o arden en la memoria como fuegos/ otra vez/ otra vez/ otra vez”.
Cada vez que leo un texto que me gusta, cada vez que escucho una historia que me conmueve, reafirmo la idea de que vivimos y nos alimentamos de relatos, que necesitamos al lenguaje para respirar, que sin palabras no sólo quedamos mudos, sino también ciegos, sordos, congelados, inmóviles, muertos.
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Posteado por: Agustin Maldonado 24/01/2009 15:04 [ N° 1 ] |
Su columna, de haber llegado hasta el tercer párrafo habría conmovido. Las últimas dos, cortaron la emoción porque la intelectualizó. |
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Posteado por: marcia alejandra del rio pool 24/01/2009 15:09 [ N° 2 ] |
Mi mayor "excentricidad" fue la de haber tenido un amigo maravilloso y mágico en mi juventud. |
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Posteado por: patricia ponce bruce 25/01/2009 10:07 [ N° 3 ] |
Francisco, disculpa,no comentaré este artículo, sino que ya que estoy en Barcelona quiero saber el nombre de aquella escritora de la que comentaste hace un tiempo (te habías encontrado con un amigo que al preguntarle como estaba él te contestó: leyendo a ....) y aca puedo encontrar libros de ella. En Santiago no encontré y bueno si quieres recomendarme algo más. Por favor escríbeme a pbruce@mi.cl |
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Posteado por: gloria lopez ulloa 25/01/2009 19:33 [ N° 4 ] |
su columna le da humanidad a esta vida . siga por ese camino por favor, |
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