Mario Fonseca
Sábado 31 de Enero de 2009
Anhelos, logros y peligros


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La formación de arte se ha multiplicado en Chile con una decena de universidades santiaguinas más otras tantas en el resto del país que reciben alrededor de 400 alumnos en su primer año. Para quienes logran completar el pregrado y titularse, que no pasan de un tercio, las perspectivas profesionales son poco auspiciosas, dada la escasez de espacios de exhibición, la poca receptividad a artistas tan jóvenes, y la carencia de un coleccionismo que quiera invertir en verde cuando invierte tan poco en maduro. Así las cosas, son las ideas, el talento, la soltura expresiva y la calidad de realización de la obra lo que permitirá abrirse paso al joven artista en un medio que, aunque lentamente, parece empezar a manifestar algún reconocimiento. Porque un número de los artistas que viene surgiendo de estas promociones es bueno, o solvente cuando menos, con varios que prometen carreras relevantes, como lo demuestran algunas exposiciones que cierran ahora en enero, en el espacio para jóvenes del Instituto Cultural de Providencia –cuatro noveles–, la sala Cero de la galería Animal –una docena más consolidada–, y los 40 que exhiben en Artespacio –combinando recién egresados y artistas de alguna trayectoria de la Universidad Finis Terrae.

Entre estos últimos, en que Sebastián Maquieira y Felipe Cusicanqui lucen obras que confirman su proyección y Totoy Zamudio parece afirmar la suya, hay autores inéditos que llaman la atención, como Virginia Guilisasti y su trabajo matérico que evoca una Providencia en fuga; el registro poco afortunado de una intervención muy consistente de Carolina Navarro, realizada en México, o la saturada iconografía de Ignacio Muñoz, que palía con humor los excesos urbanos. Una obra inteligente a la vez que delicada es el ejercicio de Ricardo Pizarro en papel gofrado, así como resulta provocador y elegante a la vez el trabajo de María José Sagredo. Culminando el apretado recorrido de esta muestra en que cabe destacar a Catalina Hirth, Antonia Cafati y Macarena Fernández en sus respectivos medios, emerge el fotomontaje sensible y sobrecogedor de Antonia Cruz, artista que viene adquiriendo madurez al interior de una pauta establecida, sin arriesgar aún el agotamiento de sus recursos, como ya se anuncia en Felipe Cusicanqui, por ejemplo.

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